ALMA GRANDE

Por Ángel Álvaro Peña

 

Los partidos políticos en México no garantizan la democracia, ni consolidan el sistema de partidos. Surgen de la necesidad de vivir del presupuesto y se perfilan más como un negocio de la cúpula que como una institución de interés social.

A pesar de que hay partidos que no luchan por el poder sino por conservar su registro, la sociedad no acaba de repudiarlos abiertamente; a veces hasta llegan a creer en ellos. Resulta que el único partido que busca el poder es el que lo posee, de esta manera los demás viven de los impuestos de los contribuyentes hasta que logran ganar algunos espacios en las elecciones.

Mientras todo esto sucede dentro de la estructura, los partidos que no están en el poder gozan de un subsidio que no debiera ser destinado a la lucha por el poder, pero se utiliza para conservar, a como dé lugar, el registro que le proporciona poder y dinero.

Hay partidos que, de regresar el dinero, aunque sea una mínima parte a Hacienda, podrían dejar de existir por la grave crisis económica por la que atraviesan.

Hay en nuestro país una serie de partidos satélites que viven de los demás, como parásitos que se montan en un agente político de mayor tamaño para chupar de su fuerza y movimientos, esos partidos se convierten finalmente en el fiel de la balanza a la hora de una votación reñida en las cámaras.

Lo cierto es que mientras no hay elecciones los partidos se la pasan cuestionando al partido en el poder en lugar de formar cuadros, o, por lo menos, crear expectativas reales de camino hacia el ejercicio del poder.

Las leyes electorales deben cambiar y con ello la propia estructura de la autoridad electoral que se ha convertido en el instituto menos democrático de México, con una estructura vertical, que obliga a sus tareas a perder los factores que le dan vida. Es decir, la confianza de la población, la certeza de los competidores en la contienda electoral, y la imparcialidad de las campañas simplemente no se concreta porque existe un vicio a la hora de seleccionar a los consejeros electorales. Porque son los propios partidos políticos, a través de sus legisladores, quienes en su momento aprueban o desaprueban la designación de los consejeros, que una vez en el puesto deben pagar la factura al partido que los condujo a esa responsabilidad.

Pero el problema grave es el excesivo gasto que se llevan los partidos políticos cada año, como si la democracia tuviera sustento en el dinero y no en la voz de la población.

Hay países, con democracias más consolidadas, donde los militantes sostienen no sólo el partido sino las campañas. En México los grandes triunfadores son los medios de comunicación que absorben los cientos de millones de pesos que el INE les otorga para dar a conocer sus propuestas.

Por si fuera poco, crean esos mismos medios un debate donde colocan a pelear a los candidatos con el fin de aumentar el rating y aumentar el precio de sus tarifas a la hora de los encuentros entre candidatos. Una vez que termina el debate donde las ideas brillan por su ausencia, crean programas que les garanticen audiencia, y para ello definen a un ganador y un perdedor para que, en un tono prácticamente deportivo, haya un vencedor previo, que no siempre es el triunfador en las urnas.

Sólo entonces se advierte que los debates son el gran negocio de las televisoras, sin embargo, los siguen haciendo y el gobierno sigue regalando el dinero de los contribuyentes a los parásitos de los partidos políticos a quienes nunca se les exige cuentas ni siquiera explican la manera en que gastan el dinero de la población trabajadora.

La urgencia de una reforma electoral, producto de una reforma política, debe darle a los partidos el lugar que merecen en la historia de México. De otra manera, hay un país pobre con una democracia millonaria que finalmente sirve de muy poco en cuanto a credibilidad, objetividad e igualdad de circunstancias para competir.

Los partidos políticos son el medio ideal para hacer ricos a los oportunistas, y más pobres los miserables, porque este sistema político ha demostrado que no hay instituto político capaz de tomar en serio los grandes problemas del país, empezando por la inseguridad y la pobreza.

El sistema de partidos tal y como se lleva a cabo actualmente, podría llevar al país a la quiebra, mientras que los militantes de las cúpulas partidistas, sin más trabajo que hacer pronunciamientos contra sus contrincantes, disfrutan de los grandes beneficios que les brinda ser dirigentes.

Algunos dirigentes de partidos políticos señalan a personajes de la política como gente que no trabaja, le adjudican vagancia de tiempo completo a quienes hacen política; sin embargo, la función actual de los dirigentes de partidos políticos es muy lamentable, porque se reduce a descalificar a la administración pública, y por esa actividad que cualquier hijo de vecino puede llevar a cabo, cobran un salario privilegiado.

Los zánganos de los partidos políticos deben empezar a trabajar para justificar su salario o bien pagar cuotas para que su instituto político tenga vida propia.

Son precisamente los dirigentes de algunos partidos políticos que viven del subsidio, y viven bien, quienes votan para que los subsidios del gobierno desaparezcan y no haya programas sociales. Es decir, quieren ser los únicos beneficiarios de un subsidio que debe desaparecer por congruencia con la lógica y con el momento histórico que vive el país. PEGA Y CORRE. –Los medios de comunicación han abierto una especie de tribunal donde no hay castigo para nadie. Primero fue Javier Duarte, luego César Duarte, después Lozoya, quien pareciera no pasará de ser un prófugo, ahora es Rosario Robles, pero para ninguno de ellos, y todos los que faltan, hay sentencia ni castigo real, simplemente se pasean en la impunidad través de amparos y triquiñuelas legaloides. Es hora de que haya sentencia y castigo para los corruptos. Seguiremos esperando… Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.

 

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