Por Jaime Ríos Otero

Xalapa aportó a la curia eclesiástica a uno de los generales más destacados de la Iglesia Católica en México. Las enormes dotes de liderazgo de don Sergio Obeso Rivera quedaron de manifiesto en que fue presidente por 3 veces de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM).

La CEM es la asamblea de Obispos del territorio nacional,  para la promoción y la tutela de la fe y las costumbres, la traducción de los libros litúrgicos, la promoción y la formación de las vocaciones sacerdotales, la elaboración de materiales para la catequesis, la promoción y la tutela de las universidades católicas y de otras instituciones educativas, el compromiso ecuménico, las relaciones con las autoridades civiles, la defensa de la vida humana, de la paz, de los derechos humanos, la promoción de la justicia social y el uso de los medios de comunicación social para la evangelización.

No es decir cosa menor regir todos estos aspectos, pero sobre todo es admirable porque se trata de coordinar los caracteres de obispos, personalidades acostumbradas al uso de la influencia, el poder, el liderazgo y el conocimiento profundo de la personalidad humana, todos necesariamente estudiosos y peritos en el Derecho Canónico, muchos de ellos verdaderos sabios que guían a los ejércitos de pastores que a su vez conducen al rebaño que aspira a lo celestial.

Al contrario de lo que pudiera creerse, el señor Obeso no era un personaje acartonado, de insoportable y fría solemnidad, sino un líder carismático, magnífico conversador y divertido platicador de anécdotas que hacían soltar la carcajada, pero tan culto como un buen representante de esta ciudad del conocimiento que es Xalapa.

Descanse en paz y un sincero pésame a la Iglesia Universal, que pierde a uno de sus mejores hombres, que debió recibir el capelo cardenalicio hace muchos años, por ser su brillo superior al de muchos otros de sus colegas  mexicanos.