En los últimos días, la violencia se ha recrudecido en Veracruz, a tal grado, que el propio Presidente López Obrador ha tenido que reconocerlo, aún a costa de la credibilidad de su gobierno y la implícita responsabilidad del gobernador del estado.

Tan sólo en el mes de agosto, los medios de comunicación han dado cuenta de al menos 40 ejecuciones en distintos municipios del estado, entre ellas, la del periodista Celestino Ruiz Vásquez, la síndico de Jilotepec, Beatriz García Licona, de un agente de Tránsito en la ciudad de Xalapa, además de los multihomicidios en Maltrata y Vega de Alatorre, donde fueron arrojados los restos de nueve personas.

Con estas ejecuciones, más las registradas durante los primeros ocho meses de la actual administración, en el estado de Veracruz estaríamos alcanzando los primeros mil homicidios dolosos antes de que termine el mes de agosto. Todavía están abiertas las heridas de la barbarie de Minatitlán, el asesinato de la alcaldesa de Mixtla de Altamirano y el enorme número de feminicidios que ubican a Veracruz como la entidad con mayor incidencia de este delito en el país.

La declaración del Presidente el viernes pasado -dijo que a diferencia de otros estados del norte del país, hay entidades en donde no baja la violencia, como sucede en Veracruz-, es una muestra de que López Obrador ya administra su apoyo al gobernador Cutitláhuac García.

Pero eso no lo es todo. La economía del estado está paralizada; no hay obra pública ni inversión privada. La pobreza se sigue multiplicando –aunque ello también es responsabilidad de varios gobiernos anteriores-, y los escándalos de corrupción empiezan a alcanzar notoriedad nacional ante la indolencia y complicidad de la autoridad local.

En Veracruz tampoco hay vacunas ni medicamentos suficientes, no se prestan servicios de hemodiálisis; el empleo formal cayó en un 24 por ciento en el primer semestre del año. Somos la única entidad en el país con dos alertas de género.

El Presidente López Obrador no encuentra la medicina para atender la migraña incurable que le representa Veracruz. Cuitláhuac García ha resultado un verdadero placebo, un genérico que resultó lo mismo pero más barato. En el entorno presidencial, la percepción de ineficacia del Gobernador y su gabinete es creciente.

Las constantes giras del Presidente, los anuncios sobre programas sociales, la millonaria inversión en Pemex, el descubrimiento de nuevos yacimientos, y hasta el acelerado despliegue de la Guardia Nacional sólo han alimentado el escepticismo de los veracruzanos. Más allá del discurso, las cosas no cambian, por el contrario, siguen empeorando.

Veracruz le ha generado a AMLO una serie de problemas –particularmente en materia de seguridad pública- que empiezan a mermar su credibilidad en otros temas. A pesar de que es la entidad que más ha visitado durante su gobierno, los ciudadanos no han tenido ninguna solución a sus problemas.

En cada visita tiene que rescatar del fuego al gobernador Cuitláhuac García a causa de su falta de resultados, de su distanciamiento con prácticamente todos los sectores sociales y de la incapacidad para atender las crisis de seguridad que cada vez son más graves. Eso sin contar el asedio que vive el gobernador por las propias tribus del morenismo que se mueven desde el gobierno federal, en el Congreso local y hasta en su gabinete.

Las giras de trabajo de López Obrador a Veracruz suelen ser un calvario ante los problemas locales. Su discurso, sus anuncios, se diluyen en un ambiente de inseguridad y zozobra. Nada de lo que diga tranquiliza a los ciudadanos.

Que el gobernador de Veracruz sea uno de los peor evaluados del país no es una casualidad.

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