La distopía mexicana

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Crónicas urgentes
Por Claudia Constantino
22 de junio de 2016

En la historia reciente de México, los avances y retrocesos en materia democrática se cuentan antes y después de la noche del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. No precisamente porque con la muerte de aquellos jóvenes, enfrentados ideológicamente a su gobierno, todos los problemas sociopolíticos del país se hayan acabado, sino sólo porque probó que las manifestaciones no violentas de una sociedad organizada si podían cambiar el rumbo del país, al menos en lo inmediato.

Dicha experiencia se repitió en 1971, aquel jueves de Corpus. A partir de ese punto, y con la consolidación de la izquierda poco después, muchos pudieron pensar que este sería un país cuya sociedad tenía clara la importancia de las acciones de no violencia y su organización como método para hacer contrapeso al poder.

En vez de eso, hemos visto instalarse a la injusticia institucionalizada; es decir, cómo la injusticia se convirtió en el modo común de relacionarse entre las personas y las instituciones. La mala noticia es que, en vez de una sociedad atenta y activa contra la injusticia, que en México ha crecido exponencialmente con base en la corrupción e impunidad, vemos una sociedad sumida en la indiferencia y la ignorancia.

No es necesaria mucha reflexión para entender que un gobierno establece su autoridad a través del sistema escolar y que en él forma a sus empleados y funcionarios, pero también a sus medios o comunicadores sociales. Todos estamos bien enterados de lo que ocurre desde hace lustros con la educación en México. La lucha contra la injusticia institucionalizada empezaría en las escuelas y otros espacios de educación, como museos y casas de cultura.

Así nos referimos a la utopía: un México con un gobierno justo que resulte saludable. No el gobierno injusto que tenemos. La justicia es muy ambigua. Muchos dicen que la verdadera justicia no existe, y como ejemplo ponen la de los tribunales, que se inclina hacia el fuerte, el rico y el poderoso. En México tenemos sobradas muestras de injusticia. Tenemos apenas un puñado de ejemplos en sentido contrario.

En la injusticia, la paz es imposible, porque la injusticia es un estado de violencia y desorden que no puede ni debe mantenerse. Se impone por la violencia, por ella se conserva y provoca más encono y revuelta. Así, hemos llegado a los niveles de violencia con que vivimos en México. Así nos hemos acostumbrado a tolerarla, al punto de verla como algo lejano, que no nos concierne.

Martín Luther King dijo: “Algunos están de acuerdo con Schopenhauer en que la vida es un dolor sin fin con un fin lleno de dolor y que la vida es una tragicomedia actuada una y otra vez con sólo cambios superficiales de vestido y de escenografía. Otros gritan como Macbeth de Shakespeare que la vida es un cuento, narrado por un idiota lleno de sonidos y de furia que no significa nada. Pero aún en los momentos cuando todo parece sin esperanza, los hombres saben que sin esperanza no pueden vivir realmente”.

La lucha magisterial de la CNTE es multicuestionada. No son santos, y por ello la sociedad no los apoya de manera generalizada. Mañana marcharán los trabajadores del sector salud; irán de blanco. Veremos con qué juicios los descalificarán. A los padres de los jóvenes desaparecidos en Ayotzinapa sólo los han cansado, e ignorado.

La distopía mexicana es este sueño de horror que se vive a diario donde, como decíamos tan sólo ayer en este mismo espacio, los muertos son una cifra. Las causas de las muertes: feminicidio, enfrentamientos entre grupos delincuenciales (los menos), las bajas de la guerra contra el narco (que está en stand by sólo del lado del gobierno), secuestros, extorsiones, ajustes de cuentas e inseguridad. ¿Y los mexicanos de bien?

Cualquier comentario para esta columna esperanzada en despertares a:

Aerodita_constantino@hotmail.es

Twitter: @aerodita

 

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