La República libre que construyeron Fidel y su pueblo (I)

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Fidel Castro en Paraguay. Foto de Prensa Latina.
Con motivo del deceso del líder histórico e irreemplazable de la Revolución, reeditamos las entregas del texto “Cuba: la larga travesía por la dignidad”, de Carlos Arturo Luna Escudero, publicados en este mismo diario.
(Ia.Parte)
Por Carlos A. Luna Escudero
Columna Expresión Ciudadana

 

A fuerza de ser sincero, durante mucho tiempo he querido escribir sobre Cuba, su desarrollo histórico, su revolución, su pueblo y su gobierno.

Siempre me detuve, no sólo por los lazos que me unen entrañablemente a esa isla del Caribe, sino también porque mientras más conozco sobre el país, mientras más converso con su gente, mientras más platico con sus académicos, mientras más intercambio ideas con sus líderes y dirigentes, más razones encuentro para sentirme identificado con la enorme dignidad del pueblo cubano.

Estas razones pudieran hacer parecer que soy parcial en el análisis de la realidad cubana. Por eso sujeto este trabajo al rigor académico, mediante la revisión de su historia y su situación actual desde un análisis objetivo, aunque admito la imposibilidad de dejar de lado la simpatía natural por su pueblo.

En este contexto, más allá de la polémica que pudiera despertarse a partir del triunfo de la Revolución Cubana y de sus resultados, este artículo está basado en mi conocimiento personal sobre la Isla, su pueblo y su gobierno.

Más de 30 viajes a su territorio, el conocimiento pleno del mismo, cientos de horas de conversación con su gente, dentro y fuera de la Isla, con sus académicos y rectores, así como como con sus autoridades y dirigentes políticos, me permiten tener un panorama amplio de esa nación y escribir con conocimiento de causa sobre ella.

Así es que entro en materia.

Cuba logró su independencia después de una larga lucha en contra de España en 1898 y con el decisivo apoyo de los Estados Unidos, en el marco de la guerra ibérica con la nación norteamericana. El proceso de emancipación fue resultado del genuino interés de los patriotas isleños por cortar las relaciones tan desiguales con aquel imperio europeo, que impedían el desarrollo económico y social del pueblo.

A partir de su independencia, Cuba estuvo en el interés del nuevo imperio americano, que desde entonces ha estado al acecho de las apetitosas tierras del Caribe. Así, la Isla se transformó en un auténtico patio de juegos y placeres para los norteamericanos ricos, al mismo tiempo que los grandes monopolios como la United Fruit, succionaban el trabajo y la riqueza que generaba el esforzado pueblo cubano.

Tal era el dominio que Estados Unidos ejercía sobre la Isla, que a cambio de la  independencia formal, los débiles gobiernos cubanos de ese entonces habían aceptado dócilmente que les aplicaran la llamada “Enmienda Platt”,  reconociendo el derecho norteamericano de manejar la política exterior e intervenir en el país ante cualquier circunstancia que pusiera en riesgo los intereses del gigante norteño.

En ese entonces, eran propiedad norteamericana el 50% de la producción azucarera; el 90% de la electricidad y teléfonos; el 70% de las refinerías petroleras; el 100% de la producción de níquel y el 30% de los hoteles, casas comerciales y producción de alimentos.

Si a lo anterior se le sumaba la extrema corrupción y un sistema político que oscilaba entre la ineficacia y la represión, se reunían las condiciones para que inevitablemente hubiera un estallido social.

Así, se da en Santiago de Cuba el asalto al Cuartel Moncada, en la década de los cincuenta, que inicia la lucha armada para liberarse de la tiranía de Fulgencio Batista. La gesta fue encabezada por Fidel Castro y un grupo de valientes jóvenes soñadores.

Esta acción, transformada en el Movimiento 26 de Julio (M26J), heredero de las luchas populares de José Martí y su Partido Revolucionario Cubano (PCR) y el posterior Partido Ortodoxo (PO) de Eduardo Chibás, iba a  dar pie al inicio de la Revolución Cubana. El sustrato ideológico vino de Martí, a quien todo cubano reconoce como un prócer que por su pluma y su lucha alcanza la estatura de apóstol.

Desde el primer intento insurreccional en el Moncada en 1953, hasta el ingreso triunfal en La Habana el primero de enero de 1959, pasaron más de 6 años de luchas, prisión, exilio y combates de los revolucionarios cubanos, que a través de su ejemplo prepararon al pueblo para ir aceptando que sólo por la fuerza se terminaría con el régimen batistiano de opresión.

Dos años estuvieron combatiendo los guerrilleros en la Sierra Maestra, tiempo en el que primero debieron darse a conocer, luego sobrevivir y sumar combatientes, para después ganar territorios y desarrollar una estrategia satisfactoria de unidad con otros sectores insurrectos, tarea nada sencilla.

Al declive de 1958, el régimen del dictador Fulgencio Batista estaba en franco desmoronamiento. Hacia fines del último mes de ese año, las columnas guerrilleras se habían desplegado por  distintas regiones del país, enfrentándose en duras batallas con el ejército de la tiranía, siendo quizá la más emblemática la que encabezó el Comandante Ernesto “Che” Guevara, en Santa Clara.

A partir de la huida de Batista al exilio en Santo Domingo, lo que vino después se puede explicar a partir de la urgente necesidad de la radical transformación que exigía la realidad cubana y por la virulenta reacción norteamericana al ver afectados sus intereses, así como dentro del contexto de la denominada “Guerra Fría”, que dividía al mundo en dos grandes partes: el Capitalista y el Socialista, con los Estados Unidos y la Unión Soviética a la cabeza, respectivamente.

Pocos acontecimientos históricos en América Latina han sido tan significativos como la Revolución Cubana. Históricos porque más allá de las simpatías y las antipatías que se gestaron a partir de ella, la victoria del pueblo sobre la dictadura de Batista contribuyó decisivamente a acelerar la historia continental y mundial. (Continuará).

Lunes 21 de marzo de 2016

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