Gobernadores criminales

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Una de las peores implicaciones sociales que pudiera haber para cualquier Estado es el hecho de que sus autoridades, precisamente las responsables de establecer, salvaguardar y vigilar el cumplimiento de la legalidad, se dediquen a lo contrario, a proteger la ilegalidad, el delito y el atentado contra sus propios gobernados.

La gran tragedia de Veracruz es que hubiera llegado a gobernarla un sujeto como Fidel Herrera Beltrán, un rufián demente producto de la porqueriza priista, conocedor como pocos de los íntringulis del sucio poder que se ejerce en el país, dotado de un sentido instintivo para medir la inmundicia en el alma de los demás y sin un resquicio de escrúpulos para emplear lo que fuera con tal de consolidar su poder, corromper sin medida e incrementar su patrimonio mediante el robo y el delito.

La fatalidad, pero sobre todo ese germen de putrefacción que está arraigado en la mentalidad de los mexicanos para obtener las cosas fáciles y mediante vías que excluyan la honorabilidad, quizá producto del sistema priista, convirtió a alguien tan descalificado en lo ético como Fidel Herrera Beltrán en un fenómeno político, con un gran arrastre, comprado claro, mediante ríos de dinero, y finalmente nos condujo adonde estamos.

Fidel hizo lo que quiso con Veracruz. Compró conciencias, mintió, engañó, dilapidó, robó, se convirtió en algo icónico y para aderezar su nefasta obra, impuso a un pobre hombre inmaduro y sin pizca de sentido común como Javier Duarte hacia la gubernatura y éste, y sus allegados Alberto Silva, Gabriel Deantes, Adolfo Mota, Vicente Benítez, Gina Domínguez, Flavino Ríos y otros, se convirtieron en la peor banda de forajidos que haya conocido la historia completa de Veracruz.

Lo acaba de confirmar el gobernador Yunes: Fidel Herrera, Javier Duarte y Alberto Silva eran los verdaderos amos, los capos, los sicarios mayores, que llenaron de sangre, luto y horror, la vida de los miles de veracruzanos del norte del Estado.

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