La muerte del fénix o del final de una civilización decadente

Por Joel Hurtado
07 de septiembre de 2017

Las ideas expuestas aquí no son nuevas ni personales. Han sido anunciadas por todas las Escrituras Sagradas, desde tiempos inmemoriales, en toda creencia y por todas las religiones, cualesquiera que hayan sido sus orígenes y cualesquiera que fueren sus deformaciones posteriores. Actualmente 80 millones de seres humanos que han buscado la Luz, están de acuerdo para reconocer en los tiempos actuales el final de una era, caracterizada por “la dificultad de los tiempos venideros” (II Timoteo, Cap. 3, ver. 1). Pero una idea tan próxima a la Verdad no está destinada a quedar en el terreno de conversaciones ni exposiciones orales; es necesario que para fecundar y dar frutos sea aplicada a la vida práctica y material, de la cual dependemos tan estrechamente.

Se debe hacer notar que desde hace unos cien años, los cataclismos, guerras, epidemias, psicosis malsanas, han creado “paredes” en la familia humana, entre muchas otras, las de personas que ponen estas catástrofes a su nivel personal, atribuyéndoles causas económicas, políticas o sociales, y las de personas que han tratado de penetrar las causas fundamentales y que sitúan el problema en la escala cósmica, por decirlo así, dándose perfecta cuenta de que no hacemos los acontecimientos sino que los padecemos. Y entonces, muy naturalmente provienen de todo ello las cuestiones angustiosas del sufrimiento, del mal, de su razón de ser, de la injusticia aparente con la cual azotan a los humanos. Y también, sin poder contestar a estos inquietantes puntos de interrogación, se busca el remedio. El único medio que poseemos en este tipo de investigación es la comparación con el pasado. ¿En qué momentos de la historia registramos tales crisis, de qué signos característicos se acompañaron? ¿Qué pasó con las civilizaciones y pueblos que los padecieron, qué medios empleaban para reaccionar, y qué les aconteció si su espíritu se abrió demasiado tarde? Tantos puntos necesitan largas explicaciones, lo que no es nuestro objeto aquí, aunque trataremos de hacer entrever su mecanismo, y luego nos será fácil establecer un paralelo con nuestro estado de civilización.

Se debe notar que los imperios y naciones que han dominado en el mundo antiguo, nos han dejado al mismo tiempo que notorios hechos (hombres y fechas históricas, administrativas o civiles) su mitología. Y concienzudamente nosotros entresacamos, clasificamos y aprendemos en las escuelas y colegios oficiales únicamente la enseñanza de la primera parte, a fin de obtener conclusiones; hacemos una ciencia oficial y entonces denegamos a priori toda seriedad a las mitologías, que se encuentran definidas, por miembros de academias, como simples “discursos fabulosos cuyo interés es particularmente objeto de erudición clásica”. Sin embargo, estos imperios indogangético, medo-persa, egipcio, griego y latino, eran gobernados por sacerdotes y ninguna decisión importante era tomada sin consultar a estos Colegios de Iniciados. Esas monarquías eran sometidas a la autoridad y sabiduría de los sacerdotes, de los cuales era el Rey, muy a menudo, el pontífice, y toda su ciencia sagrada nos ha sido transmitida detrás de la forma de los hechos heroicos y mitológicos. Un fenómeno se reproduce siempre en estos gobiernos y su repetición ha llamado la atención: que la decadencia de la civilización comenzaba a partir del momento en que la idea religiosa y la dirección religiosa eran excluidas del poder. Los primeros que se relajaron fueron los principios morales; no estando sometidos a reglas de ayuno, ablución, abstinencia, disciplina interior, rápidamente se corrompían las costumbres. El equilibrio y el espíritu de sabiduría abandonaban poco a poco a los pueblos y a sus dirigentes; las naciones guerreaban minando así la estabilidad del orden económico y social, y en poco tiempo la fortaleza material y social, intelectual y espiritual del momento que conducía al mundo, se hacía pedazos abriendo ampliamente las puertas a las invasiones militares sin defensa moral, sin dígito indicador ante las tentaciones y psicosis que se apoderaban del alma colectiva del país.

¿Y a qué asistimos en Europa, Oriente y en toda una parte de África sino a un ejemplo de este tipo?

“Sabe que en los últimos días habrán tiempos difíciles. Pues los hombres serán egoístas, amigos del dinero, fanfarrones, soberbios, blasfemadores, rebeldes a sus padres, ingratos, irreligiosos, insensibles, desleales, calumniadores, intemperantes, crueles, enemigos de la gente de bien, traidores, arrebatados, hinchados de orgullo, amando el placer más que a Dios…” (II Timoteo, Cap. 3, vers. 1 a 5).

Hemos creído que las necesidades del hombre se limitaban a las manifestaciones exteriores, y por eso expresamente ha sido borrada de la preocupación de los conductores de naciones, toda aspiración del sentido estético, ético y espiritual, sin darse cuenta de que es una verdadera mutilación. Y estamos sorprendidos de no poder seguir viviendo en el verdadero sentido de la palabra. La vida responde siempre del mismo modo cuando nos damos a transformaciones de sustancia sin consultarla: ella se debilita.

Es exactamente lo que está sucediendo en el mundo actual. Sin aprovechar la experiencia del pasado, hemos cortado sin escrúpulo alguno toda la vida religiosa e interior de nuestras existencias; la mística de antiguas autocracias y teocracias ha sido suprimida dejando un vacío que no sabemos con qué llenar y en el cual vienen a alojarse todos los virus por los cuales morimos. Lo primero que hay que hacer es conciencia de nuestra dignidad de hombres, de Hijos de Dios, con todas las elevaciones y deberes de tal estado. No traicionemos más nuestro origen y nuestra vestidura de Luz; no podremos continuar viviendo en tales condiciones.

Muchas personas, después de los años terribles y dolorosos en los cuales hemos vivido y continuamos viviendo, se están dando cuenta de que estábamos atrofiados y que nuestros males provenían de nuestra irreligión. Sintiendo la imposibilidad de reformar al mundo entero y de traerle una consideración más sana de las cosas, estos pensadores tratan de salvarse ellos mismos adhiriéndose a agrupaciones de investigaciones espirituales y de Fraternidad Universal. Pero cada una de estas agrupaciones trabaja en la oscuridad, en el silencio, en busca de la Verdad, pero sin tratar de propagarla. Más la hora ha llegado para que las fuerzas del espíritu vuelvan a tomar el puesto que les pertenece en la vida de los hombres y restablezcan el equilibrio destruido por nuestra civilización demasiado material; es necesario -y de modo urgente- hacer salir a todas las sectas del dogma y de cierto fanatismo religioso que las limita más o menos y hacer volver a cada una a la pureza de su primitiva enseñanza, que ha padecido deformaciones causadas por intereses privados, que se han deslizado en este terreno que no les era propio.

En tal estado de cosas, nos vemos obligados a concluir que las enseñanzas son las mismas, y que en todas partes, budistas y mahometanos, cristianos con todas las sectas y “sub-sectas” a quienes estas grandes enseñanzas han dado nacimiento, predican el amor del prójimo, el amor a la Verdad, el desinterés, la pureza de pensamientos, palabras, actos, la paternidad de Dios única para todos, la posibilidad dada a todo ser de nacer nuevamente en el respeto de la chispa divina que está en él y en todos los demás hombres: sus hermanos. La hora ha llegado de poner a la luz todas estas Verdades, y de hacerlas regir en la humanidad. Es el espíritu, es una adhesión al espíritu de Fraternidad Universal que nos trae la Nueva Era, la del Aquarius. Y el espíritu de fusión de la Misión del Aquarius ve todas las enseñanzas existentes ya desde muchos años, concretizarse y enriquecerse de fuerzas nuevas a fin de preparar la humanidad del mañana.

Han pasado los tiempos de la enseñanza subterránea, llena de misterios inexplicados, donde la luz era cuidadosamente tamizada, donde toda instrucción tomaba un aspecto de ocultismo malsano.

 

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