Del Palacio de Bellas Artes al hoy cancelado NAICM

 
Dese hace unas semanas estoy leyendo sobre la arquitectura y el arte en México, sin temor a equivocarme, les puedo decir que el barroco mexicano en el virreinato fue el momento cúspide de las artes en México, no hay nada comparable en los 500 años de historia de nuestro país. El siguiente momento muy interesante es el porfiriato, el eclecticismo y al final del régimen, el art nouveau, fueron a todas luces portentos de la arquitectura en nuestro país.
De lo que les comento, lo que más me llamó la atención fueron las obras del final del porfiriato, me refiero en particular al Palacio de Bellas Artes y la obligada comparación con el cancelado Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAICM).
El Palacio de Bellas Artes inició su construcción como el Teatro Nacional en 1904, con la intención de sumarse a los festejos del centenario de la independencia. Fue contratado el Arquitecto Adamo Boari, que realizó un proyecto inspirado en la arquitectura de su época, el Art Nouveau.
La construcción inició y al poco tiempo presentó hundimientos importantes que obligaron a considerar obras de reforzamiento en cimentación y la participación de los mejores ingenieros del país para solucionarlo. Se estabilizaron los hundimientos y se evitaron que estos fueran diferenciales, es decir, el edificio se hunde, pero todo junto y al mismo tiempo.
Las críticas fueron crueles y devastadoras, se hablaba de una obra para ricos en un pueblo pobre. El pueblo llano y sencillo jamás utilizaría un recinto de esas características, que además se hundía irremediablemente en medio de la ciudad.
La política decidió hacer lo único que sabe hacer en nuestro país, sacar dividendos políticos sin importar las opiniones técnicas y las necesidades de infraestructura de la sociedad.
Ganó la revolución y con esta el cambio de régimen en nuestro país. La obra se suspendió por considerarla un símbolo del porfiriato y una afrenta a los valores revolucionarios que enarbolaban nuestras autoridades en ese momento. El Palacio de Bellas Artes se convirtió en propaganda política y rehén de la ideología revolucionaría.
Pasaron los años y el edificio a medio construir era ya el monumento al régimen corrupto de Porfirio Díaz, junto con el armazón de hierro de lo que iba a ser el Palacio Legislativo.
Revolucionarios del nuevo régimen no se cansaban en señalar el edificio a medio terminar, como una prueba de la insensibilidad de porfiriato en construir un teatro para riquillos, cuando los ideales de la revolución son atender al pueblo pobre con salud y educación. Decían, lo que se debe hacer es demolerlo y construir un parque o un monumento a la revolución y sus héroes.
Con el tiempo, las aguas de la revolución amansaron un poco y llegó un presidente del que ahora ni memoria tenemos, Abelardo L. Rodríguez, quien decidió terminar la construcción de una vez por todas. Le cambiaron el nombre de Teatro Nacional al actual de Palacio de Bellas Artes y contrataron al arquitecto mexicano Federico Mariscal de encargarse de tenerlo en tiempo y forma.
Las obras rebasaron por mucho el presupuesto considerado inicialmente y es justo decir que se modificó gran parte del proyecto original al pasar del maravilloso Art Neavou a un Art Decó Nacionalista un poco contrastante con lo que ya se tenía.
El Palacio de Bellas Artes se inauguró en 1934, es decir, casi 30 años después y fue aclamado como uno de los grandes logros de la revolución mexicana al llevar la cultura al pueblo en un palacio consagrado al arte revolucionario. Se contrataron a los grandes del muralismo mexicano a vestir el nuevo palacio del pueblo con sus magistrales pinceles.
Hoy en día, Bellas Artes no es referencia ni del porfiriato ni de la revolución mexicana, es solamente uno de los mejores y más bellos exponentes de la arquitectura en México. Ver la concepción de la mejor sala de opera de América, el conjunto escultórico maravilloso, la lámpara de Apolo con las Musas en la Sala Principal y el telón de cristal, único en el mundo, es uno de los mayores orgullos que podemos tener como mexicanos.
El edificio cobró relevancia en nuestro imaginario colectivo como mexicanos en el momento que con su magnificencia y arte, se despojó de los discursos ideológicos de los políticos demagogos. Tanto, que hoy los mismos murales de Rivera, Siqueiros y Orozco, solo son valiosos en su técnica pictórica y asombrosa ejecución artística, lo que representan ideológicamente es basura histórica y festejo casi burlón y ofensivo al recinto de las artes que lo consideraban demasiado burgués.
Hoy todos los mexicanos estamos orgullosos de nuestro Palacio de Bellas Artes, no nos importa que Adamo Boari haya sido italiano o que el Telón de Cristal sea de Tifany de Nueva York y los escultores sean húngaros o franceses.
Hacer la comparación del Palacio de Bellas Artes con el hoy cancelado Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México es casi obligado, los dos comparten contextos históricos y complejidades técnicas parecidas y sin duda, los dos fueron presas de demagogia barata e ideologizada.
Solo faltaría ver que en el momento que bajen un poco las aguas de la cuarta transformación, llegue un político pragmático que reanude la obra, contrate un arquitecto mexicano y con los cambios que requiera, según los criterios artísticos del nuevo régimen, la terminen.
No importa si le ponen Aeropuerto Gerardo Fernández Noroña y la llenen de murales de los logros de López Obrador. Si a las pistas les llaman Jesusa Rodríguez, Ing. Riobóo o como gusten. Es mas, si a la torre de control la coronan con un ganso cansado bañado en oro imitando al Ángel de la independencia, me vale un cacahuate.
Estoy convencido que la arquitectura como arte, con el tiempo se despoja de ideologías y demagogia de los políticos. Dejará de ser con los años el aeropuerto de Peña o de la Mafia del Poder, nadie se acordará de las acaloradas discusiones de supuestos ambientalistas que defendían un lago inexistente y cualquier referencia a Santa Lucia o el Cerro que no vieron, solo serán anécdotas para especialistas.
Lo que verán los mexicanos en ese supuesto, es una obra de arquitectura que satisface la necesidad de comunicarnos entre nosotros y con el resto del mundo. Posiblemente no entenderán qué hace un ganso cansado dorado coronando la torre de control y los nombres del aeropuerto y las pistas no les dirán nada y menos les importaran. Tarde o temprano, al igual que los murales de Rivera, Siqueiros y Orozco en Bellas Artes, perderán sentido, su discurso será cosa del pasado y solo se conservaran, en caso que las generaciones futuras les encuentren un valor artístico.
 
¿Saben porqué?
Por que la demagogia y las ideologías no resisten la prueba del tiempo.
 
Algún día entenderán que lo único que trasciende a su tiempo son las ideas y el arte.
 
Jorge Flores Martínez
Jorgeflores1xm@me.com  

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