Entre las balas y los malos humores de la phisis

Crónicas Ausentes
Lenin Torres Antonio

Hay un mito que dice que vivir en sociedad nos garantiza cierta seguridad, pese al precio que tenemos que pagar, la represión de nuestros impulsos sexuales, y posponer nuestra satisfacción de nuestros deseo.

Condenados a obedecer, presuponemos que esto es mejor que exponernos a la ley del más fuerte, o la vorágine de la violencia del otro, sin que exista la más mínima posibilidad de garantizar la sobrevivencia más que en el enfrentamiento corporal, y no en el debate racional, apostamos a cierta seguridad sin libertad auténtica, se impone una ética pública por encima de la individual, Antígona tarde que temprano tiene que renunciar al derecho de enterrar a su hermano y honrarle muerto.

Norbert Elias, en su texto “el proceso de la civilización”, cuestiona la facultad “racional” que tiene el hombre de planificar a largo plazo, un proceso de civilización, a los más que ha llegado es a que unos cuantos monopolicen los ingresos y la violencia, aunque esto no constituya, como lo estamos viendo, el marco de referencia para hablar de ese grado de civilización que nos atribuimos y que debe incluir el acuerdo, y los actos democráticos; en su lugar podemos apreciar la imposición de un metalenguaje que hablar por encima y debajo del lenguaje, lo que en el lenguaje vulgar se ejemplifica con lo que llamamos “valores entendidos”, o el acuerdo fuera del proceso, en lugar de la verdad de la letra escrita, la verdad de la fuerza, o como diría Foucault, la verdad de la relación de poder.

Más allá de ese primer acercamiento para explicarnos el estado de la cuestión de lo social, está la construcción de nuestra subjetividad que tiene que ver, por una parte, con la consciencia de sí, y por la otra, en cómo llegamos hacer eso que somos, eso que llamamos naturaleza humana.

Freud en la segunda tópica nos permite una respuesta a cómo operamos (nos comportamos) los hombres, cómo está estructurado nuestra psique, en su texto “el yo y el ello”, comenta que el yo se precisa en torno a sus funciones (potencias), y que este establece la categorización temporal de los procesos anímicos y los somete al examen de la realidad, además, mediante la interpolación de los procesos de pensamientos, consigue aplazar las descargas motrices y gobierna los accesos a la motilidad, y que con la ayuda del superyó, se nutre, de una manera todavía oscura, de la experiencia de la prehistoria almacenada en el ello; de igual forma, nos habla de sus sujeciones (servidumbres) peligrosas: de parte del mundo exterior, de la libido del ello, y de la severidad del superyó.

Desafortunadamente, Freud, dice que el yo tiene una posición parecida a la de un monarca constitucional sin cuya sanción nada puede convertirse en ley, pero que lo piensa mucho antes de interponer su veto a una propuesta del parlamento.

No obstante a esas servidumbres, a esa posición incomodad donde tiene que conciliar, la cultura (la norma) con las pulsiones, pervive un yo que aun avasallado por el mundo exterior (la naturaleza), la libido del ello (la pulsiones agresivas y sexuales), y la severidad del superyó (la cultura y civilidad), no deja de insistir en hacerse escuchar, en apostar por esa conciliación, diría, en esa ilusión, aunque sólo lo haga en exacerbaciones intelectuales que nada tienen que ver con lo real.

No deja parecernos los tiempos que vivimos, ejemplos claros de esas formas en que estamos sometidos, por un lado al mundo exterior, la naturaleza indómita, que al hacer su aparición no nos queda más que la resignación, el abandonarnos a nuestro fatal destino, y encomendarnos a nuestros dioses. Ese mundo exterior, hace su aparición menos afortunada para nosotros,en forma de inundaciones, terremotos, tsunamis, tormentas.

Avasallamiento impredecible que nos hacen situarnos en el límite de la existencia, la muerte y la enfermedad, aunque lo saludable sea que los que sobreviven, retornan con un sentido más honesto de la vida, y esta cobra su total significación y valor.

También constatamos hoy en día, que se impone a la malograda racionalidad, la pulsión, el ello, ese apetito voraz y perverso por someter al otro, queriendo tener siempre una ganancia de placer, por eso ya no basta matar, ahora hay que dejar nuestro sello personal en un mensaje para los adversarios, ya sean los internos como los externos.

La historia del hombre es la historia de sus guerras, pero también es la historia de sus ilusiones, entres ellas las más destacadas son la racionalidad y la civilidad, ante esto nos queda, o bien reelaborar nuestra concepción que tenemos de nosotros mismos, comenzando por buscarnos, como bien aconseja Nietzsche, quien dice cómo podemos encontrarnos con nosotros mismos si nunca nos hemos buscado, nunca hemos sido nosotros mismos, y mucho menos hemos tenido consciencia de sí, o bien, continuamos creyendo que este es el mejor de los mundos posibles, como bien lo decía Voltaire.

Aunque lo primero implicaría una ruptura peligrosa, pues nos desvelaría como eso que no queremos ser, exigiendo la muerte de lo que somos, una clínica de lo social, que pone como condición esencial, nuestra renuncia a nuestra vida anímica, a eso que hemos creído que era lo mejor; y lo segundo, la emergencia del poder sin concepto, y desistir de todo concepto, es volver al origen, al padre omnipresente de la horda primitiva, no por nada el capo de capo “Don José Reyes, en la película “el infierno”, su medio de hacer operar lo social es la acción, el poder, con una mínima verbalización: ¡chinguéenlos!, ¡Ya te jodiste!, ¡denles en su puta madre!…, película que no cuesta mucho talento histriónico, ni mucho menos, elementos de la imaginación, es lo real, lo que enmudece, lo que convoca al silencio y al morbo, sólo nos falta, hacerlos en escenarios como los coliseos romanos, donde ciertas barreras nos protegieran de las fieras salvajes y de las lanzas de los sentenciados, conformémonos, ya algo similar se hace a través del facebook.

Continuemos nuestras historias humanas entre las balas y los malos humores de la phisis, que es lo mismo, lo que Freud anunciaba, entre los avasallamientos del Yo.

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