Enojo por despecho

El de Duarte es un enojo explicable, como de despecho en contra del expresidente Peña Nieto por haberlo engatusado para involucrarlo en su proyecto, a cambio de sustanciosas aportaciones provenientes del erario veracruzano. No cualquier novicio político (como lo era Duarte en 2011, aunque ya gobernador de Veracruz) es objeto del asedio de un grupo político con proyección nacional y promisorio futuro, como era entonces el del gobernador del Estado de México, pretendiente a la candidatura presidencial priista. En busca de recursos para la movilización electoral encontraron en el gobernador de Veracruz suelo y ambiciones fértiles, pues Duarte, ya obnubilado por las mieles del poder acaso pensó que era pretendido por poseer “fuerza política” o porque le atribuían destreza en ese arte e imaginó ya formar parte de la elite política nacional. Pero, ¡Oh desilusión! No eran sus prendas personales el atractivo, sino el recurso público que los veracruzanos le encomendaron. Así, ¿quién no estaría encorajinado, y más aún si paga con cárcel el fruto de su “inocencia” política? 

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