Bartlettear

Denise Dresser

La autollamada “Cuarta Transformación” intenta reinaugurarlo todo, incluyendo un nuevo lenguaje. Y como parte de él, he ahí un nuevo verbo: “Bartlettear”.

Definido por el Diccionario Lopezobradorista Usual como “Proteger, absolver, cuidar, exonerar al cuate” / El Presidente bartlettea para que no haya una investigación seria / Acto de interferir para que la opinión pública crea que se ataca injustamente a su colaborador / AMLO bartlettea en la conferencia mañanera argumentando que la investigación es un complot de la derecha / Arte de cerrar filas en el gobierno / Irma Eréndira Sandoval y su esposo John Ackerman bartlettean para salvar la vida política de un colaborador / Acción de evitar el combate sistemático a la corrupción / Morena bartlettea al no exigir que se ausculte conforme a la ley a uno de los suyos.

Y el verbo es nuevo porque describe una forma de actuar que nace con esta administración, la cual requiere un vocablo distintivo. En casos anteriores de corrupción o enriquecimiento ilícito o violación a la ley, veíamos a un lopezobradorismo vociferante, exigente, denunciante. Presenciábamos los reclamos y las arengas y las tomas de tribunas y la diseminación de los hallazgos del periodismo que exhibió caso tras caso en sexenios pasados. El fraude de 1988, la partida secreta de Salinas, el Fobaproa, la Fundación de Marta Sahagún, la Guardería ABC, la Estafa Maestra, el caso Duarte, Odebrecht. Leímos el libro de López Obrador condenando la corrupción de Bartlett y las columnas de los intelectuales de oposición -ahora orgánicos- reprobando la participación de Bartlett en la “caída del sistema”, su involucramiento en el caso Camarena, su vinculación al asesinato de Manuel Buendía. Ahora, esas condenas han sido sustituidas por loas; esas críticas han sido reemplazadas por defensas.

La 4T sólo persigue la corrupción cuando involucra a figuras del PRI o el PAN; cuando implica a uno de los suyos, bartlettea. Cambia el discurso y baja el volumen de la crítica y corta el tamaño de la vara de medición. Ignora la voluminosa investigación -sustentada en documentos públicos- que revela una red de propiedades, negocios, licitaciones simuladas y conflictos de interés ocultados a la autoridad. Las compañías de la concubina negada han hecho negocios con el gobierno; la empresa de uno de los hijos de Bartlett ha recibido contratos por adjudicación directa de la Sedena en esta administración; las empresas de las cuales Bartlett forma parte existen, fueron constituidas, y eso no lo declaró. Ante las pruebas irrefutables de acciones que violan la normatividad y la legalidad, el Presidente lo avala; la secretaria de la Función Pública lo defiende hasta que es presionada a “investigar” y lo hace a regañadientes; su esposo promociona una entrevista melosa a Bartlett en TV UNAM, y cuando se le señala el evidente conflicto de interés, acusa censura. La 4T conjuga el verbo bartlettear, una y otra vez, en contradicción con su historia, con sus principios, con su compromiso de combatir la corrupción.

Y demuestra una discrecionalidad que daña seriamente su credibilidad. La SFP inhabilita a Rosario Robles durante 10 años por mentir en su declaración patrimonial; inhabilita a Emilio Lozoya por lo mismo y por la omisión de una cuenta bancaria; inhabilita -según presume- a casi 400 funcionarios más. Pero a Bartlett no se le toca. Se le invita a Palacio Nacional, se le defiende, se le entrevista y se le exalta en la televisión unamita. Porque el Presidente “confía” en él para impulsar una visión tan atávica como la suya en el tema energético.

Pero bartlettear le cuesta al país, le cuesta a la 4T, le cuesta a la lucha contra la corrupción. El Presidente, la secretaria de la Función Pública, su esposo y los exculpadores de Bartlett no apoyan la institucionalización en el combate a la corrupción. Usan criterios implacables contra sus adversarios mientras se valen de resquicios legales e incongruencias intelectuales a favor de sus amigos. No actúan sistemáticamente; actúan discrecionalmente. No usan raseros parejos; bartlettean. Orwell lo advirtió: “Si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”. Y la 4T ha viciado a tal grado el debate público, que es capaz de reinventar a Bartlett: el viejo ícono de la trampa y la traición, ya es el nuevo héroe del nacionalismo y la transformación.

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