Reseña de Xalapa en los 50, contada por Magno Garcimarrero

Hoy podríamos circundar la Xalapa de hace setenta años, partiendo del Estadio, pasando por Los Berros, Santos Degollado, Jalapeños Ilustres, 20 de Noviembre, La Cruz de la Misión, Calle de Acosta, Clavijero, Úrsulo Galván, Estación del Ferrocarril, El Dique, el águila de piedra y el punto de partida donde se alzaba una hermosa pérgola cubierta de buganvilias. Los puntos de referencia más populares además de los mencionados ya, eran: Techacapa, Xalitic, San José, La piedad, Jesús te Ampare, El Pozo Público, La Plazuela del Carbón, Los Cuatro Vientos, La Favorita y, ustedes agregarán los que a mí se me escapan. Todo lo demás es posterior, fincado donde entonces sólo había cafetales y huertos abundantes en saúco, higuerilla, longanicilla o tripa del diablo y chichicaste, fauna de chinahuates, chuchumianes y purillos.
Era una ciudad de piedra, no de cantera rosa traída de Querétaro o Morelia, no de laja pulida ni de mármol; era de piedra azul brotada del subsuelo y erigida en casas, desparramada en calles, acomodada en banquetas y escaleras, apilada en linderos: domicilio feliz de tlaconetes. Ciudad de piedra brasa, calles de tobogán, cielo de papalotes y zopilotes.
Enclavada entre el Sedeño y el Carneros, Xalapa lloraba agua por los poros que, poco a poco se fueron cubriendo: sobre Xalitic los lavaderos, sobre el brote de Techacapa está ahora un edificio propiedad oficial que ha tenido varios destinos. En Barragán aún derrama el manantial que arriba moja el túnel del parque Juárez. En los Tecajetes un brote de agua alimenta las fuentes de azulejos de diseños pretendidamente gaudiesco. La alberca “La Playa” donde muchos aprendimos a nadar se alimentó de un nacimiento aún potente que en un tiempo también le dio para sus aguas a los baños del profesor Adolfo Contreras. “Los Tanques” era el depósito distribuidor de agua potable en la parte alta de la ciudad en lo que es ahora la avenida Xalapa a la altura de la Facultad de Economía, que entonces era la famosa Escuela Normal Veracruzana; ahí estaba también el gran arco de entrada por la carretera México-Veracruz; más para allá era maizales del ejido Macuiltepetl.
El censo de 1940 dijo que habíamos 46,827 habitantes.
Techumbre de teja y viga prolongada hasta la banqueta para proteger del chipi chipi al caminante, costumbre de compartir el techo, ¡hacer el bien sin ver a quién! Casas con patio grande y en el fondo, llegando por un caminito entre tiestos de pensamientos y violetas, al pié del floripondio bien abonado, estaba el excusado; no el inodoro inglés que ahora se usa; ¡oloroso excusado de tablones!, propio para la integración familiar pues contaba hasta con tres chimeneas. Mientras se obraba se platicaba de los asuntos comunes, se decidía el menú del día, se comentaban las tristes noticias de la guerra y, cuando alguno lloraba había que pedirle aclaración si era por la noticia o por la caca. Las urgencias nocturnas se resolvían con bacinica y escupidera.
Donde hoy está el Chedraui Centro estaba La Esmeralda, arriba de la casa de don Juan de la Luz Enríquez de quien Xalapa tomó su apellido. Enfrente el edificio de Los Leones, aún en pié, albergaba al Ayuntamiento Municipal. Lo que ahora constituye el palacio del gobierno del Estado eran tres edificios; ojos avezados aún podrán distinguir las tres distintas arquitecturas: la del que fue Palacio de Justicia o Tribunal Superior, la estructura central donde se accedía a la Legislatura por una escalera de mármol y el voto popular, y el módulo de piedra de ojo, propiamente el palacio del Ejecutivo al que se tiene acceso por el parque Juárez y el PRI. El centro de cultura fue el Centro Recreativo, mesas de billar para jugar guerrita, algunas de carambola, sábados de cerveza, baile de rompeyrasga los domingos y un mingitorio que aromaba la manzana completa. ¡Los tiempos cambian!
Donde hoy es El Ágora de la Ciudad estuvo el hotel Juárez, albergue de peloteros que se paseaban por el jardín con sus uniformes de juego: gorras, espáis y nalga boleá. También fue cine de nombre Victoria y billares, antes de ser bodega y ágora.
VIAJE DE BODAS.
Digno de mención es el camino que todo jalapeño recién casado había de cubrir para ir a pasar su primera noche de bodas al puerto de Veracruz, haciendo las siguientes paradas: la parada de Palo Verde, Las Trancas, desviación a El Chico tocando El Grande para saludar al Nicho; regreso a Mata Oscura, La Bocana. Palo Gacho; de ahí a Rinconada, Conejos, Las Bajadas con opción de ir a Dos bocas y La Boticaria, abriendo a la izquierda para entrar al 4 veces heroico puerto de Veracruz. Y si se quiere prolongar un poco más el placer del viaje, de la Bocana convendría hacer un desvío a Tembladeras y rematar en Blanca Espuma.
LOS PERSONAJES.
En la esquina de la Singer ponía su carrito don Luís el nevero, cachondo de prosapia que inauguró en Xalapa el pregón alburero:
– “De crema y leche, ¿de qué se las hecho?” 
– “De mamey les doy dos por una”.
Y se quedó su grito pregonero como precursor del nuevo anuncio de prendas de vestir de los mercados ambulantes: “A ver qué talla señorita, a ver qué talla”. “Si te gusta a ti eso, llévatelo marchantita”. También en las camionetas de servicio colectivo urbano, donde se admite más por presunción que por precaución la frase: “¡Cuidado, paradas continuas!”
Muerto el nevero se acabó la nieve… pero el albur siguió su marcha.
Sobre Revolución a la orilla del mercado Jáuregui, antes de que se quemara, don Goyito despachaba docenas de ostiones (entonces no se usaba la palabra coctel) en vaso floreado, cuchara de peltre azul avado o amarillas; sobre un pequeño mostrador cubierto de granito; ostión, jerga y espátula; sesenta centavos la docena. El hombre de muletas, cojo de una pierna.
En el mismo rumbo, aunque más hacia la esquina “El Tío Quequi” hacía los hot cakes más sabrosos del mundo, quizás porque tenía cara de jotquey: güero pecoso, con una eterna boina española; la gente decía que era alemán… digo, como gentilicio, no como patronímico.
Doña Gloria que en medio del parque Juárez vendía en un puesto licuados y pambazos, ayudada por su hijo Agustín quien, con el tiempo llegó a ser magistrado del tribunal Superior de Justicia del Estado.
Frente a la boca del pasaje Tanos, que da a la calle de Enríquez, un hombre de luenga barba blanca vendía turrón y merengues a precio de oro, su rostro recordaba al cardenal Tiserant, por eso lo conocíamos por “Su Merenguísima”; quizás algún dentista de la época lo financiaba, pues su turrón arrancaba amalgamas al por mayor. ¿Salazar Peinado tal vez? dentista y dueño del auto más antiguo y el perro más grande de la ciudad, su desaliño nos obligó a cambiarle el apellido: Salazar Despeinado. Él cuidaba al perro, el perro al auto y el auto encadenado a un poste de luz de enfrente de su casa no tentaba ni a un roba coches desesperado. 
Don Isaac Acosta también es personaje de la mitología Jalapeña ocupante de fila preferente, se dice que fue el primer millonario de la ciudad y el primero en traer una televisión, la que anunciaba como dos aparatos en uno: “pues si cierras los ojos haces de cuenta que estás oyendo el radio”. Hombre extraordinario y ejemplar.
El alemán de la joyería “La Perla” junto a “El Monte Alegre”, era también un personaje que le daba a la ciudad un aire europeo, relojero de prosapia, de cuento infantil, porque los de menor categoría estaban a la vuelta, en calles laterales, como Mungía de quien contaré la siguiente anécdota: llegó mi vieja tía con el reloj de bolsillo de mi tío en la mano, oro puro, ferrocarrilero, y le dijo al momento que se lo entregaba: “Mire usted, ayer se le paró a mi esposo”, el señor Murguía lo sacudió, se lo pegó al oído, lo oyó marchar y le preguntó a mi tía “¿quiere que le grabe la fecha?”.
En el callejón de Roa Bárcena se ponía la inventora de los molotes, los más sabrosos del mundo y planetas que lo acompañan, quizás sólo comparables a los que expende en Papantla la famosa fonda “Por si acaso me recuerdas”.
La cigarrera de trasnochada sobre la calle principal, muerta en el cumplimiento del deber al inicio de la última década del siglo XX., sin haber disfrutado una posible jubilación de banqueta.
“El Chirolas” desaparecido también antes del fin de siglo; demostró que los hombres del pueblo pasan más años bajo el techo de palacio, que los electos por el sufragio que sólo alcanzan seis.
El Viejo De la Rosa (Benjamín) quien paradójicamente nunca fue viejo sino el más joven de todos los muchachos.
Y la prefecta doña Rafaela Bueno que tenía como encargo en la Preparatoria aplaudir cada vez que un muchacho se le acercaba demasiado a alguna compañera durante los descansos; inventora del aplauso como anticonceptivo.
El número 13, Juanote, también ejemplar personaje que habrá de merecer una monografía completa; él que fue entre los cargadores como un tráiler entre camionetas, él que ha pasado a ser un logotipo de Xalapa. Xalapa sin Juanote es como una Atenas sin Diógenes.
El Dr. Gustavo A. Rodríguez, famoso internacionalmente por sus tres aportaciones a la cultura universal:
-El hallazgo del color verde gay o verde e-jotito.
-El hallazgo de cómo y por dónde pasó Hernán Cortes por Xalapa,
-Y el hallazgo de cómo, por dónde y por qué las mujeres le tienen miedo a los ratones.
No es posible olvidar al Tío Lechugas que de casa en casa iba vendiendo o cambiando el ropaje de las coles, para dar de comer a las gallinas. Cinco centavos o un taco de sobras de ayer a saber: una tortilla con sopa de moñitos y una camelia de Dauzón encima.
El “Camay” apodo dado al limosnero apestoso que andando por las calles principales, se hizo tan isoportable que los bomberos lo bañaron a manguera en la esquina de las calles de Juárez y Clavijero, más tenía tantos años de no probar el agua, que de aquel remojón pasó a mejores, dejándonos la moraleja de “Más vale tierra en cuerpo que cuerpo en tierra”.
El señor Miranda que llenaba de voces la ciudad desde arriba de su carromato, anunciando con su voz de teléfono de bote los programas de cine y los jueves luchísticos: Hoy Sugui Sito contra Tonina Jackson, El Santo contra El Cavernario Galindo, Wolf Rubinsky contra Tarzán López. Su voz se confundía con la de otro pregonero de magnavoz: El Cejas que gritaba por el rumbo del Árbol: “piña fresca, piña barata, piña cayena”.
En la calle de Lucio un pobre cretinoide solicitaba, mientras extendía un remedo de mano: “Hugo no quito pan” que traducido al idioma de la burguesía ilustrada es: “un quinto para un pan” y en idioma del futuro: “one dólar to twinky wonder. 
Y Amancia, la prostituta vieja que inaugurara El Árbol y que, aún con una sola pierna y con muletas se dice que introdujo al mundo de los adultos a mil adolescentes jalapeños y que seguramente en estos tiempos, ya tienen ficha numerada para “Bosques del Recuerdo”
¡La Palillo! señores y señoras, La Palillo que no debe olvidarse, la que a falta de banca paralela acaparó inversiones de prohombres. La del “mal necesario”, lupanar elegante, que permitió el progreso de la penicilina y propició el consumo de calomel o ungüento del soldado, porque según decían sus parroquianos: la muchacha más guapa del serrallo era miss Lady Jones.
¡Y qué memoria, por favor! La Mímicha, famosa proxeneta a la que por desgracia solamente una vez la visitamos, porque llegando con cuatro amigos a la puerta de su lupanar, salió a recibirnos y al mirar a los gemelos nos preguntó: ¿ustedes son los hijos de Chabela Ochoa, verdad? Huela aclarar que nos retiramos con la cola entre las piernas en medio de la risa estigmatizadora de nuestros compañeros de juerga, quienes de ahí inventaron escenas eróticas y obscenas en los que nuestra autora de los días era la protagonista principal.
Porque andan por ahí, cuesta arriba, cuesta abajo: sólo diré que El Conejo Billetero y el nieto de doña Astrea la del Quetzal, nos hacen patente que los callejeros de hoy serán los personajes del mañana.
Tal vez queden en el tintero muchos más personajes, pero no puedo dejar de mencionar, en acto de conmemoración y conmiseración a “El Segurito” Noel Domínguez se llamaba, que nadie lo conoció por su nombre de pila, era feo tirando a horrible, deforme, y por eso algunos le gritaban en tono de burla: “ese mi Robert Mitchum” y él contestaba con un “botatee”. Un día lo mandó un querido amigo, Abel Escobar, a recoger un traje a casa de otro amigo, que se lo prestaba para ir al baile de la Prepa. El Segurito no regresó con el encargo, pero a la una de la mañana, cuando todavía lo buscaba Abel, alguien le informó que El Segurito bailaba desde las diez de la noche en la tradicional fiesta perfectamente bien trajeado.
Su aspecto no inspiraba respeto, por eso los policías de Seguridad Pública lo pepenaban cada vez que había un robo, por suerte en esa época no eran muy frecuentes. Una madrugada los polis lo sacaron de su casa, le amarraron las manos, lo echaron sobre la batea de una camioneta y lo dejaron que se asoleara, lo golpearon, no demasiado fuerte, otro hubiera aguantado pero El Segurito se les murió en los puños. Alguien escribió:
No comprobarás hermano.
No comprobarás quién mató la dignidad entre nosotros.
No cerraste los puños a pesar de las, 
No sé cuántas bofetadas hechas a la medida de tu cara,
Ni tú, a pesar de tus ojos redondos como platos
Ni toda la ciudad atestiguando desde las azoteas,
Bajo la lluvia y sobre las aceras, 
Tras de las puertas y atrás de las ventanas,
Podrán decir que vieron algo comprometido.

LA XALAPA CULINARIA DE ATRÁS TIEMPO

De Xalapa y sus alrededores ha sido la buena costumbre de llevar a la mesa la flor del itzote que, admite revoltura con el huevo, que en vinagre es botana y majar en chilatole de espinazo, sin olvidar los subproductos de la planta: silbatos de cuaresma son las puntitas tiernas, caza-mariposas si se deshila la hoja espatulada y lindero en todo tiempo por su afán pegativo.
También el gasparito o pitito al que le falta sólo un grado para ser carne, la flor del colorín que no llega a colorado porque aquí no acaba el cuento sino que, también es instrumento de viento, musical adorno y ofrenda para la virgen.
La berenjena roja, no la morada con aspecto de bomba atómica asfixiada que ahora se compra en los supermercados; me refiero a la berenjena de la huerta del abuelo, la pequeña ovalada que se le corta la punta con los dientes para chupar sus coágulos, la berenjena para vampiros niños.
El jinicuil de algodón comestible, de hueso que hervido en agua carbonatada sabe a pepa de chayote. Hueso fecundo que si se tira al suelo, siendo tan de aquí, brota infalible un árbol. 
El chayotextle o tlalchayote que como “navegantes” es mejor que Colón y Magallanes juntos, y capeado sabe más que la divina garza envuelta en huevo.
Frutos también bien aclimatados son el níspero chino, jugoso y dulce que cura el mal de orín; la chirimoya andina que se pudre en noviembre y el guayabo que da tres frutos diferentes: el guayabate, la horqueta para resortera y, si te subes a él sin precauciones, un vástago indeseado.
Al chile jalapeño se le guisa aparte, relleno, en frío o capeado, escabechado o rajado, en bufet o enlatado, tranquilo o toreado, torta de vena y sufra el excusado.
En la Enciclopedia de Artes de México se atribuye a Xalapa la autoctonía de los totopos con frijoles refritos y queso añejo rayado. El chocotamal de maíz prieto y las frutas y figuras de pepita de calabaza rellenas de mamón mojado con jerez que aquí las conocemos como “frutitas de las monjas”, porque son ellas, las de 20 de noviembre, las que guardan el secreto del jaloncillo de pepita.
Por su proletaria subsistencia nos tienen sin cuidado las tostadas y los pambazos, aunque ahora haya que sentarse en el restaurante para comerlos; antes con ir al cine llegaba hasta la butaca el tostadero: totopo untado de frijol refrito, tres hebras de lechuga y un estornudo de queso añejo, por alguna razón sabían a gloria.
El pambazo a su vez, con alma de jamón fue, es y seguirá siendo el itacate proletario, la solución del día de campo, la iluminación ante la llegada inesperada de los quince parientes; aunque la crisis haya arribado hasta sus valvas blancas, como es el caso de los actuales pambazos de media hora de longaniza.
Para el ignorante del arte culinario que no sepa cómo se hacen los pambazos de media hora de longaniza, doy aquí la receta: se pone una docena de pambazos con las bocas abiertas y en hilera, se les untan frijoles de un solo cucharazo, puede hacerse con brocha; se acuesta sobre ellos un metro de longaniza cruda para que dure más y no se desbarate a la sacada; se cierran, se mira el reloj y se cuentan treinta minutos, llegado ese tiempo se toma por un extremo la longana y como en un acto de prestidigitación, con un solo tirón se quita y se guarda; los pambazos muy quietos ni cuenta se darán y quien los coma los olerá a longaniza; esta servirá para otras muchas ocasiones antes de que se le arremangue el pellejo.
LOS SUCESOS.
En las rocolas de a diez centavos la pieza, se oía una cancioncilla huarachera: “Con el apagón qué cosas suceden, qué cosas suceden con el apagón”, después del estribillo la cantante (Quizá Carmen Miranda) narraba un suceso procaz. La manija de la victrola regresaba a su lugar el disco quebradizo de pizarra o baquelita de 75 revoluciones por minuto. En efecto, durante la segunda gran guerra Xalapa realizó varios simulacros de bombardeo con apagones y cantos de sirenas.
El estadio jalapeño aún de novedad era escenario de eventos populares multitudinarios, ahí ganaba campeonatos el manco Guiot, enseñaba sus músculos el profesor Reyes y se jugaba ajedrez en un tablero gigantesco con caballos de verdad, peones humanos alfiles y reinas vestidas a la usanza de la corte española, unos de negro otros de blanco.
Sobre el empedrado de las calles resonaban los cascos de las bestias: por las mañanas pasaba el burro limonadero con su tintinear de botellas de la fábrica de limonadas “La Estrella”, hacía los entregos a los changarros que desde cada esquina aviaban el surtido. Por las tardes un carbonero con su carga, sobre el caballo los costales prietos y sobre ellos un perro equilibrista moviéndose al vaivén de los lomos del matalote que entre la negrura, contagio del carbón de encino, avisaba que había sido alazán. Por las noches el Sereno nos regalaba tranquilidad con el ritmo lento y sonoro del caballo y la melodía soporífera de su “cholilo”. 
Una veladora de vasito de papel originó el fuego que devastó la vieja plazuela del carbón, las llamas iluminaron la ciudad entera. Vinieron los bomberos de Coatepec y Teziutlán a ayudar a los de aquí, la gente cooperaba arrojando agua hasta con bacinicas, no quedó nada porque todos los puestos eran de madera; de las cenizas surgió el actual mercado Jáuregui.
El empedrado del callejón de Rojas fue por muchos años el ring donde se dirimieron las diferencias de los preparatorianos. Cuando se concertaba el reto, los chamacos corrían a encaramarse a los balcones de hierro de la casa de los Casazza y otras circundantes, “hay mole” gritaba cualquiera y la muchachada acataba rumbo al callejón de Rojas, a veces alguno se rajaba en el camino y dejaba esperanto al retador, a los encaramados en el balcón y a los adelantados, como cuando los muchachos fuertes de la escuela Jaimito y Mario, cuyos apellidos omito por lo que voy a contar después, confundidos, me retaron a golpes porque el otro cuate le tentó las nalgas a la compañera más bonita del salón. Aceptar el reto era suicida, pero antes de rajarme, se adelantó mi gemelo quien era el directamente involucrado y resolvió la contienda con esta frase, dicha un segundo antes de echar la carrera: “Miren muchachos, ustedes están muy fornidos y nosotros no somos tan pendejos para pelear con ustedes, mejor dennos por madreados y chinguen a su madre”.
En los rumbosos bailes preparatorianos tocaban dos orquestas, la de Agustín Lara y la de Manolo Vicuña por ejemplo, o la de Luís Alcaraz y la de los Hermanos Rodríguez. En los tres pisos de la escuela preparatoria se dividían las élites sociales: abajo los de la “alta”, boleto con apartado de mesa, sidra de Las Vigas, emparedados envueltos en servilletas blancas, traje riguroso, corbata y cuello almidonado, vestido de noche para las damas, nebulizaciones de perfumes en confusión. Al segundo piso iban las jóvenes que asistían en familia, los de medio pelo social, algunos de traje pero abundaban los de chamarra. Las muchachas con sus mejores galas pero de vestido corto, poca exigencia en la indumentaria; no había mesas, se sacaban algunas bancas del salón de actos y pupitres de los salones de clases, en ellos se sentaban las viejas que habían ido al baile de respeto acompañando a las jóvenes. Ahí se sentaba mi vieja tía con los pies sobre el travesaño de la banca, abrazando media docena de abrigos de sus sobrinas que, conforme iban siendo invitadas a bailar por algún galán ocasional, se despojaban del grueso saco y se lo endosaban a la vieja. –“Ahí cuídamelo”- hasta que la tía nada más asomaba la cabeza sobre la montaña de astracán y los piececitos por debajo de ella. Las muchachas se le desaparecían de la vista, se habían ido al tercer piso. Ese piso estaba destinado a las parejas hechas, a las que ya se habían entendido. Dicho sin remilgos, el tercer piso era para el faje, para el cachondeo, se bailaba de a “cartoncito de cerveza”. El ardor no respetaba rangos sociales, ahí se mezclaban parejas de la Hi Society y de medio pelo, la única condición era perder un poco el escrúpulo para meterse mano en público. A las diez comenzaba la música y se prolongaba hasta la madrugada; al filo de la actuación de las orquestas, mucha de la gente rica cooperaba para una hora más de música; la alegría era tanta y sólo una vez al año, que la fiesta debía seguir. No para mi tía que a las once de la noche ya se estaba durmiendo sobre los abrigos. Cada que se paraba a bailar una sobrina la tía le decía: “Te quiero aquí a las doce, ni un minuto después” y la seguía con la mirada hasta que se le perdía de vista bordando filigranas sobre el mosaico rojo del segundo piso y rumbo a la escalera del tercero. Faltando cinco minutos para las doce se paraba de la silla, miraba para todos lados; ellas ya sabían que se iba con todo y abrigos a las doce en punto, la mayoría estaba puntual; alguna había perdido la noción del tiempo por evidentes razones. La tía repartía abrigos, las muchachas se despedían de la pareja, quedaban de verse al otro día, daban las doce en el reloj de la catedral y entonces emprendía la marcha seguida por las chicas, no sin antes decir su frase preferida: “Vámonos, la que putió putió y la que no hasta el otro baile”.
Esa era la Xalapa de los años cincuenta contada por un testigo presencial

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