Festival Veracruz. Escena contemporánea 2019: Luz y sombra

Por Sabino Cruz V

Si leíste, mi bien amado, apreciado y condescendiste lector(a), la bitácora en la que fijo postura en torno a la organización del Festival Veracruz. Escena Contemporánea 2019 que del 8 al 14 del mes y año que corre se llevó a cabo en la capital de los veracruzanos, seguramente estarás esperando que haga una reflexión final sobre las propuestas contemporáneos que se presentaron; que diga lo bueno, no tan bueno y menos bueno de las “vanguardias” escénicas que se asoman por tierras veracruzanas.

Primero te aclaro, aunque creo no sea necesario, que no me mueve rencor, insatisfacción o antipatía contra el Evento. No vayas a salir, como el ex presi del Peña Nieto, que a los periodistas nada nos llena. Muy alejado de ser verdad, pues cómo lo dije en la anterior Bitácora, y de manera personal a quienes me han comentado su parecer sobre el escrito en comento, que daba la bienvenida a esta iniciativa, pero que esperaba que en el resto de los municipios de la geografía estatal también se hiciera algo igual o mejor, pero que además se impulsara, a nivel nacional e internacional, los las obras de los creativos naturales o naturalizados.

Pero basta ya de excusas mi bien amado y entremos en material. Antes permite decirte que solo escribiré de aquello que vi, no sea que luego me reclames porque no dije nada sobre El dolor debajo del sombrero, escrita y dirigida por Martín Zapata; La colmena, dramaturgia y dirección de Metzeri Mandujano; Mira la luna -un diálogo sobre la Máscara de Adriana Duch y el Bodegón de las Cebollas dramaturgia Patricia Estrada y David Alejandro Colorado. Aunque debo decir que esta última obra la vi en Área 51, la cual me parece una buena propuesta escénica que apela a la nostalgia cargada de recuerdos de amores, que se fueron o que no han llegado. No te digo más para que te animes a verla.

Transgredamos la lógica y empecemos con la obra cumbre con la que cerró el Festival: Las Buenas Maneras, coreografía de Miguel Mancillas, quien ostenta el cargo de Miembro del Sistema Nacional de Creadores, y cuya compañía, Antares, informa que recibe apoyo del Programa de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales, del Fonca y del programa México en Escena. O sea que la pobreza monetaria no anda en ellos. Lo que sí, me parece, anda cerca del coreógrafo es la pobreza creativa en el lenguaje corporal, discurso escénico, diseño en el espacio, dinamismo en el manejo de grupo y empleo de más recursos dramáticos.

Las Buenas Maneras me recordó las lecciones del libro de Doris Humphrey “El arte de crear danzas” que califica de mal gusto enseñar el trasero, agarrarse las nalgas o el órgano sexual masculino/femenino, arrastrase todo el tiempo, los movimientos unísonos, mete y saca de lengua, y contorsionismos circenses. También esta propuesta “contemporánea” me recordó las pláticas de Xavier Francis sobre el recurso efectista que recurren los creadores. ¡¡Digo!! eso de tener por eternos minutos a bailarines sentados entre el ´publico o parados en el escenario, inmutables e impávidos, hacer que los hombres caminen y bailen sobre tacones o lanzarse sobre unas escaleras hacia el compañero, tiene su mérito.

Parafraseando un viejo comercial preguntaré ¿y la danza Miguel? ¿En qué Mesquite, Palmera, Biznaga, Catus, Saguaro se escondió tu creatividad? Te lo pregunto porque el recurso de hombre vestido de mujer ya te lo había visto años atrás. Las cargadas, patadas, giros fuera de centro, también son del todo conocido. Dónde está aquél “bárbaro” del norte que refrescó la escena dancística a finales de los ochenta. ¿Dónde perdiste el gusto por el movimiento que enaltece el cuerpo? ¿Qué de aquellos tejidos coreográficos de contacto amoroso con el otro? ¿Es esta propuesta el sello de un estilo madurado con los años o la falta de creatividad?

En espera que don Miguel nos responda alguna vez, en algún lugar, pasemos a dar cuenta, aunque sea brevemente de los otros trabajos: Travesía, dirección de José Caballero y Oscar Michel Grau, al igual que la obra arriba expuesta, hace alarde de efectos visuales, movimientos coreográficos, cuadros plásticos y capacidad para cantar las letras. Me parece que es una puesta en escena que no pasa de ser un espectáculo en el que no sabe uno si es musical, melodrama o qué poética rara es la que da sentido al montaje. Ahora que, si los directores quisieron mostrarnos, explicarnos porque debe ser deportada la migrante polaca, me parece que no era necesario tantos brincos dramáticos con padres Amaro, Safos trasnochadas, ladrones de identidades y toda clase se parafernalia visual, incluidas.

De Ontli-Camino, dramaturgia de Jennifer Moreno, no deja de ser la visión del “chilango” redentor y salvador de los indios de México. Un discurso llevado al paroxismo por los buenos hombres y mujeres capitalinos que, cual Quijotes, emprenden cuanta batalla sea necesaria para defender a cuanto indio se cruce por su vida. Ficción construida a partir de la caída de un pájaro del nido en el patio de una escuela, 4 actores, dos mujeres y dos hombres, juegan a ser niños, pero que no pasa de ser la caricatura de eso que pretenden ser. Desde el púlpito, en este caso el escenario, directora/dramaturga nos arenga a ayudar/comprender a “los pobres inditos” que de tiempo inmemoriales reciben una educación monocultural y monolítico.

Pero la que no tuvo perdón de Dios, es Caricias de Sergi Belbel, y dirección de Gabriel Figueroa Pacheco. Montaje de largo, pero de muy largo aliento, o sea más de 120 minutos en las que el respetable debe sobrellevar diálogos lentos, ríspidos, agresiones físicas reales. Ahora que si lo que dramaturgo y director quisieron presentarnos son las relaciones toxicas entre padres, amores sáficos de la adolescencia, hijos no deseados, la traición de la hermana que le baja la mujer al hermano, las verdades que no se dicen en una relación y la ausencia de figura autoritaria en las nuevas generaciones, me parece bien, pero eso a dónde nos lleva. Qué con mostrarnos esas pasiones ocultas detrás de las paredes de hogares “sólidos”; qué con esa verborrea entre dos amantes, al terminar la relación: —tu pucha (vagina) apesta tanto que debo lavar mi verga muchas veces para que mi mujer no se dé cuenta.

Ahora que si me apuras para que te diga qué me gustó, no tengo empacho en decirte que La cría, escrita y dirigida por Carlos Talancón, por ser una propuesta sobria en cuanto a los recursos escenográfico, luminotécnico, ambientales, actorales y discursivo; pero también por ser una metáfora poética del sacrificio de los padres. La Cría, presentada como un animal oculto en la azotea, mueve al espectador a adivinar qué clase de bestia engendraron y porqué lo esconden, pero también a darnos cuenta de la ceguera de los padres ante la evidencia de tener en casa a un hijo(a) depredador(a), que no le mueve una fibra de sentimiento para asesinar de forma artera a mujeres y niños recién nacidos. 

Pero baste ya rigores, mi bien baste. No te atormento más con crónicas banas. Seamos pues bien nacidos y agradezcamos, la iniciativa de los burócratas del IVEC por la organización del Festival. Sino de me qué habría quejado y tú qué habrías visto. Espero, y tú también, que la próxima edición no solo inviten a los cuates, y que se replique en más municipios. ¡¡Es cuanto!!

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