Renuncia, Rosario

Poco importa si Rosario Piedra Ibarra, la nueva titular de la CNDH, es buena, mala o indiferente. Poco importa si ha sido víctima y por ello atenderá mejor a las víctimas. Es irrelevante si sabe a cuántos periodistas han asesinado en este sexenio o si le concierne.

Podría ser la Madre Teresa de Calcuta reencarnada y santificada. No sería suficiente para justificar su permanencia en el puesto. Las características loables o criticables de Doña Rosario constituyen una variable residual ante la realidad frontal. Esa que Andrés Manuel López Obrador no puede disputar, Morena no puede ocultar, Ricardo Monreal no puede desconocer, y Rosario misma no puede legitimar si es la persona honorable que dice ser. Cuando aceptó que le levantaran el brazo para tomar posesión en medio de un vergonzoso zafarrancho, avaló un fraude.

Un fraude obvio. Un fraude evidente. Un fraude de esos de los cuales Morena tanto se quejaba en el pasado y ahora cometió impunemente. Una maniobra para asegurarle los votos que le faltaban y jamás habría obtenido si la elección hubiera sido transparente y conforme a la reglas establecidas. Morena padeció las irregularidades del PRIAN y en lugar de exorcizarlas de la vida política, se rebaja a emularlas de forma descarada. Morena pasó años denunciando la torcedura de las reglas en el Senado y en vez de corregir lo que criticó, sucumbe ante lo mismo. Mientras Ricardo Monreal y Germán Martínez sonríen y aplauden y hacen exactamente lo mismo que hizo el PRI vía la famosa “Roqueseñal”, cuando usó su mayoría de manera marrullera. Festejando, celebrando, gozando la metamorfosis de Morena que se convierte en todo aquello que históricamente despreció. La PRIanización de la Cuarta Transformación.

Con la ayuda de una mujer cuya madre representa lo mejor de México. El espíritu inquebrantable, la dignidad innegociable, la lucha por derechos y no por proyectos partidistas, la batalla por causas y no por puestos. Pero Rosario Ibarra de Piedra no es Rosario Piedra Ibarra. La madre no fue a recoger la medalla Belisario Domínguez en un acto de congruencia; la hija acepta encabezar la CNDH a pesar de un proceso que desmerece su apellido. Ha mentido y sigue mintiendo. Dice que su militancia en Morena no es un impedimento para ser presidenta de la CNDH, cuando la ley claramente establece “no desempeñar ni haber desempeñado cargo de dirección nacional o estatal, en algún partido político en el año anterior a su designación”. Miente al afirmar que con pedir licencia al puesto partidista que recién ocupó, basta. Miente al sugerir que la exigencia legal coarta sus derechos políticos. Ahí, en blanco y negro, en el Artículo 9 Fracción IV, está estipulada una condición que su candidatura truqueó y su elección violó.

Como lo ha argumentado Miguel Alfonso Meza, es posible que haya cometido el delito federal de falsificación de documentos al haber afirmado -bajo protesta de decir verdad- no haber sido dirigente de Morena. Pero hasta hace un mes, aún era integrante del Consejo Nacional de Morena, el máximo órgano dirigente del partido. O la fracción morenista en el Senado sabía que su candidatura violaba la ley y no importó o Rosario Piedra mintió para aspirar a ella. Bajo el principio calderonista de “haiga sido como haiga sido”, AMLO y los suyos se regodean por hacer lo que en tantas ocasiones denunciaron. Partidizar a las instituciones para controlarlas; manipular las designaciones para morenizarlas.

Rosario Piedra dice sentirse orgullosa del proceso en el que participó. Argumenta que no puede opinar sobre el procedimiento. Rechaza opinar sobre las impugnaciones. Pero por ello no debe ocupar el puesto al que accede de la peor manera. Ella tendrá la tarea de protegernos de los abusos del poder, pero llega al puesto gracias a los abusos de Morena. Ella estará encargada de exhibir cuando el gobierno viola la ley, pero arriba a la CNDH violándola. Ella sostiene que la Comisión tiene mucho de qué avergonzarse por las omisiones del pasado, pero es predecible su silencio vergonzante ante las violaciones del futuro. No puede dársele el beneficio de la duda a quien recortó su dignidad para ajustarla al tamaño de la 4T. Como escribiera Aristóteles, la dignidad no consiste en poseer honores, sino en la conciencia de merecerlos. Y porque Rosario ha recibido el honor inmerecido de encabezar la CNDH, debe renunciar a él.

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