Felicidad o Eudaimonía

La mayoría de las personas llevan una vida de desesperación silenciosa

Henry David Thoreau

Nos encontramos en la primera semana del último mes del año 2019, tradicionalmente es una  época en la cual como sociedad occidental tendemos a reconstruir el tejido familiar a través de diversas costumbres que nos pueden cargar de energías para comenzar el próximo año llenos de fuerza y esperanza. 

Situación que me hace evocar la “Eudaimonía” es un término griego que convencionalmente es traducido como felicidad, bienestar o vida buena; también se ha propuesto “florecimiento humano” o “prosperidad” como su traducción más precisa.

El anterior concepto lo podríamos unir a la paradoja de Easterlin, la cual es un término empleado en la economía de la felicidad, que pone en cuestión la teoría tradicional económica que afirma que cuanto mayor sea el nivel de ingresos de un individuo, mayor será su nivel de felicidad.

Por ejemplo, Pinker en el capítulo del libro “En defensa de la Ilustración” donde nos habla sobre la Felicidad, menciona que la felicidad de las personas está determinada por lo bien que les van las cosas en relación con sus compatriotas, de suerte que cuando se enriquece el país en su conjunto, nadie se siente feliz. De hecho, si en un país crece la desigualdad, entonces pueden sentirse peor incluso, aunque aumente su riqueza. 

Así, que la lógica subyacente es simple: si para alcanzar metas vinculadas a la felicidad y realización personal (por ejemplo, saber hablar francés o ser doctor en economía) necesitamos recursos (clases de francés, comprar libros y pagar las clases…) y, en un sistema como el nuestro, el dinero es intercambiable por la mayoría de esos recursos, dinero y felicidad encuentran pronto una vinculación evidente.

La felicidad tiene dos caras: una cara experimental o emocional y una cara evaluativa o cognitiva. El componente emocional consiste en el júbilo, la alegría, el orgullo y el placer (positivas o negativas). Las evaluaciones se hacen para medir los niveles de satisfacción. Aquí lo importante de destacar es cómo la abundancia de felicidad contribuye a una vida mejor, pero no así la ausencia de preocupaciones y de tristeza. 

Pinker nos recuerda que la felicidad no lo es todo. Podemos tomar decisiones que nos hagan infelices a corto plazo, pero que nos permitan realizarnos en el transcurso de una vida, como criar un hijo, escribir un libro o luchar por un ideal. 

Muchas de las cosas que hacen felices a las personas también consiguen que sus vidas sean significativas, como estar conectadas con otras, sentirse productivas y no estar solas ni aburridas. De igual manera el estrés, la preocupación, las discusiones, los desafíos y las luchas vuelve infeliz la vida, pero más significativa, porque representan un reto. 

Y he aquí lo importante, la función de la felicidad es incitarnos a buscar las claves de la idoneidad: cuando nos sentimos en infelicidad, nos esforzamos por conseguir las cosas que mejorarían nuestra suerte; cuando somos felices, apreciamos la situación actual. 

Entonces la idea es que estos días no sea de felicidad por el aumento de la renta (aguinaldo) sino para buscar sobrellevar los retos que nos generan ansias o estrés. Ya que si signamos nuestra felicidad en función del ingreso el bienestar o satisfacción será efímera, pero si la fundamos en los restos su pendiente será mucho más significativa. 

Lo importante de los estudios de la felicidad desde la ciencias sociales es que se ha coincidido, que esta puede hacer a las personas más compresivas, generosas y concienzudas en lugar de a la inversa. De tal suerte que cada vez se viene estudiando con mayor fuerza a la felicidad, y no falta razón al hecho, toda vez que es el punto que viene a coronar la existencia, y la razón humana. 

Para que así sea el momento y no el dinero lo que nos genere la felicidad, al igual que el trabajo la razón  por su servicio y no esencialmente el pago lo que dé la satisfacción, eso nos marca un punto de equilibro que podríamos llamar la “Eudaimonía para el Siglo XXI”

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