La generación perdida

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El caso de Emilio Lozoya Austin sirve como clara referencia para ilustrar uno de los periodos más difíciles de la república mexicana por cuanto al elevado grado de corrupción mostrado por su clase política gobernante en los diferentes niveles de gobierno. A nivel federal lo ejemplifica Enrique Peña Nieto y su grupo de amigos, en las entidades federativas un sinfín de gobernadores que por vocación o imitación reprodujeron en sus respectivas entidades los actos de corrupción evidenciados en el gobierno federal. Peña Nieto no inventó la corrupción en México, pero es producto de ese síndrome generalizado en la clase política nacional, un fenómeno plenamente manifestado en Veracruz con viveza extrema durante el gobierno de Fidel Herrera y llevado al extremo por su discípulo Javier Duarte, acompañado por una caterva de jóvenes aculturados en el ejercicio patrimonialista del poder. Ya está detenido Emilio Lozoya, se exhibirán las lacras del gobierno al que sirvió, su caso servirá como incienso electoral para el gobierno de López Obrador, al cual debemos reconocer voluntad para adecentar la cosa pública.

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