Un discurso intolerante

Los problemas nacionales están a la espera de su solución, esa dura empresa le corresponde emprenderla al gobierno, a los empresarios, a líderes de opinión, a todos los mexicanos con conciencia solidaria y convicción que de no sumar esfuerzos México no tiene salida. Sin embargo, si desde el púlpito presidencial se estimula la polarización en aras de un prurito que exige total subordinación al pensamiento y acción del presidente poco podrá hacerse. Es porque a López Obrador le incomoda la crítica venga de donde venga, no escucha tampoco oye, solo le interesan oídos afines a su discurso, que por cierto se está desgastando por los lugares comunes a los que acude: a los padres de niños con cáncer los mueven sus adversarios políticos, a los portadores del VIH que ahora protestan por la falta de medicamentos los manipulan los partidos políticos, a quienes apoyan la protesta feminista los califica de conservadores y califica de “clasistas, racistas, corruptos y hasta represores”. Así no podría haber unidad nacional, y sale perdiendo México.

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