Universidades en la era de la digitalización (I)

Por Raúl Arias Lovillo

Universidades en la era de la digitalización, retos y oportunidad de cambio

PARTE I

1. Introducción

Hoy el mundo se ha polarizado aún más de lo que estaba hace 50 años y todos los indicadores apuntan a que las desigualdades crecerán aún más en el futuro. Uno de los factores que está siendo cada vez más determinante de esta creciente polarización es el conocimiento. En este sentido, si las universidades son los espacios donde se genera y gestiona el conocimiento, se explica entonces el por qué, tal vez como nunca antes en la historia, las universidades vienen siendo objeto de fuertes presiones para que respondan a los enormes retos que impone la llamada sociedad del conocimiento.

En este trabajo no solamente queremos evidenciar la trascendencia de los retos que la digitalización impone a las instituciones de educación superior de América Latina y el Caribe (ALC), sino también argumentar sobre la enorme oportunidad de impulsar las reformas largamente postergadas para que las universidades contribuyan al éxito de sus países, en esta etapa inédita de la humanidad movida por la innovación y el conocimiento.

El texto se integra por tres apartados. En el primero se exponen los impactos que tienen los avances de la digitalización en la educación superior; en la segunda parte se presentan las características de cómo se gestiona el conocimiento en la región latinoamericana y caribeña; finalmente, en el último apartado, se ofrecen las propuestas de reforma que hoy se exigen a la educación superior del subcontinente americano.

2. El significado de la digitalización para la educación superior

En los últimos años los especialistas y diversos organismos internacionales han documentado ampliamente que “las tecnologías digitales están cambiando a un ritmo creciente, el modo en que las personas viven, trabajan, socializan y se instruyen en todas partes del mundo” (UNESCO, 2018).

En el núcleo del umbral de esta nueva era de la civilización humana se encuentran los avances en materia de inteligencia artificial, que han sido sorprendentes y que dan lugar a inventos que nunca hubiésemos creído posibles. Se trata de computadoras y robots que son capaces de aprender a mejorar su trabajo, e incluso a tomar decisiones a través de un algoritmo.

Aunque los orígenes de la inteligencia artificial se remontan a la década de 1960, no fue sino años después que se perfeccionaron diversas técnicas que condujeron a la elaboración de algoritmos de aprendizaje automático, que permitieron acumular conocimientos y reprogramarse automáticamente a partir de sus propias experiencias.

El gran salto se logra a partir del año 2010 cuando se aprovecha el uso de macro datos (big data) con técnicas de aprendizaje profundo. Gracias a estas técnicas de aprendizaje automático, los vehículos se conducen solos, las máquinas diagnostican mejor que los médicos, se diseñan sistemas de recomendación de productos (música, películas, etc.), los científicos pueden ampliar sus posibilidades para determinar la función de algunas macromoléculas biológicas para luchar contra diversas enfermedades, etc. (UNESCO, 2018).

Las sorprendentes transformaciones de las que somos testigos cotidianos nos obligan a pensar en que efectivamente hemos entrado en una nueva era de la humanidad: por primera vez en la historia nuestras habilidades cognitivas están siendo superadas por máquinas y robots “inteligentes”. Se trata, pues, de una revolución en la génesis del mismo conocimiento.

Con la inteligencia artificial no sólo la mayoría de las dimensiones de la inteligencia humana son objeto de análisis y reconstrucciones racionales con máquinas, sino que además éstas traspasan nuestras facultades cognitivas en la mayoría de los terrenos. En términos generales, todas las ciencias experimentan una ruptura epistemológica importante con los experimentos denominados in silico, porque éstos se efectúan a partir de cantidades masivas de datos utilizando procesadores potentes que permiten simulaciones infinitas, en contraposición con los experimentos in vivo, que se realizan con la materia viva, o in vitro, es decir, en probetas de vidrio. Las implicaciones para el desarrollo científico son obvias, como también parecen evidentes los impactos que tiene y tendrá para la educación superior en el futuro.

No se cuenta con una bola cristal para pronosticar cuál será el futuro de las universidades, pero la era de la digitalización seguramente tendrá efectos profundos de transformación.

Desde nuestra perspectiva, pensamos que el reto, que actualmente deberían plantearse las universidades consiste en adaptarse a las exigencias de la sociedad digital, más que en utilizar las tecnologías digitales manteniendo inalterables sus rasgos tradicionales, sobre todo para el caso de las universidades de ALC, como veremos más adelante.

Por lo pronto tenemos que reconocer que hay un conjunto de procesos que están en marcha, transformando la educación superior en diversas regiones y países, entre los cuales se pueden destacar las siguientes:

1. El acceso a la educación superior se amplía de manera importante, en la búsqueda de un aprendizaje para toda la vida, posibilitando la diversidad y multiplicidad de formaciones para un mayor número de jóvenes y, crecientemente, de adultos. La producción de materiales didácticos digitales e hipertextuales, basados en la combinación de medios y de carácter interactivo, permiten compartir contenidos ya que en muchos casos se encuentran disponibles en repositorios de recursos educativos abiertos. Los cursos en línea de acceso masivo (MOOCs en sus siglas en inglés) son un claro ejemplo de esto. Sin duda, estamos asistiendo a una transformación de los sistemas nacionales de educación superior.

2. La investigación científica y tecnológica, en todas las áreas del conocimiento, ha tenido un nuevo impulso como resultado de la revolución digital y los procesos de internacionalización. El acceso al conocimiento es cada vez más amplio, así como la colaboración entre investigadores gracias a la formación de redes de especialistas.

3. Existe una gama diversificada de apoyos al estudiante, tanto en la modalidad presencial como virtual, que permiten personalizar el aprendizaje. La coexistencia de bibliotecas físicas y en línea, tutorías presenciales o virtuales, videoconferencias, foros virtuales y chats, permite a cada estudiante encontrar la combinación de medios y recursos que mejor se adecúe a sus características,

estilo de aprendizaje y necesidades prácticas. Al mismo tiempo se multiplican los cursos para apoyar el aprendizaje autónomo y cooperativo.

4. Prolifera de manera creciente una gran cantidad y diversidad de organismos que proveen oportunidades de formación universitaria a través de miles de programas a todos los niveles (pregrado, posgrado, técnicos, etc.), junto a la multiplicación de diversos certificados, diplomas, reconocimientos, créditos de aprendizaje, modalidades de evaluación y una gran variedad de cursos y actividades formativas. Las universidades han perdido, para siempre, el monopolio sobre la acreditación y la capacidad de extender diplomas de formación.

Sin demeritar la importancia de estos cambios, es pertinente preguntarnos si la universidad ha comprendido realmente las implicaciones y exigencias de la sociedad digital. Diversos indicadores nos muestran que, salvo algunas excepciones de universidades de los países desarrollados, la inmensa mayoría de las instituciones de educación superior no han sabido interpretar la urgencia de impulsar decisiones disruptivas para transformarse.

Desde nuestra perspectiva, las universidades tendrían que prepararse para contribuir a la formación de lo que se ha denominado como una “sociedad del aprendizaje” (Stiglitz y Greenwald, 2015). Esto significaría modificar sustancialmente, la estructura y funcionamiento de la universidad tradicional: transformar los mecanismos actuales de gestión del conocimiento, los aprendizajes y los programas que ofrece, aprovechar los avances de la globalización del conocimiento, consolidar sistemas de aprendizaje para toda la vida, tanto para jóvenes como para adultos.

Las universidades tienen que transitar rápidamente, de casas de estudios e instituciones que generan conocimiento, a instituciones que contribuyen a la distribución social del conocimiento.

Esto no significa que la docencia y la investigación hayan perdido importancia en esta era de la digitalización, de ninguna manera. Significa que la docencia y la investigación, que una institución realiza, estará determinada por las necesidades del entorno social de esa institución.

Las universidades deben entender que la ciencia ha alcanzado, con la inteligencia artificial y el big data, un nivel de madurez que las hace de gran utilidad para las empresas, gobierno y sociedad civil. La acumulación de macro datos y su mayor capacidad de procesamiento inteligente, facilitan el desarrollo de nuevos productos de inteligencia artificial, que son fundamentales para integrar a la sociedad en un proceso de innovación y digitalización crecientes. Para esto se debe fomentar en las universidades la creación de centros de investigación especializados que permitan ofrecer formación y capacitación en el uso de las herramientas digitales, a todos los sectores de la sociedad para que enfrenten con éxito los retos de un mundo cada vez más automatizado.

La inteligencia artificial y el big data están transformando nuestra existencia de un modo tal que aún no alcanzamos a comprender todos sus impactos. Las universidades deben ser las aliadas naturales para enfrentar los retos de esta transformación radical económica, social, política, cultural y cognitiva.

El conocimiento digital desarrollado por las universidades, puede ser una herramienta para lograr los objetivos fijados por la agenda 2030 a nivel regional. Sus aplicaciones pueden contribuir a avanzar con más rapidez hacia el logro de los objetivos de desarrollo sostenible, permitiendo una mejor evaluación de los riesgos y una mejor previsión de los desastres. Con el apoyo del gobierno, empresarios y sociedad civil, se pueden ofrecer soluciones innovadoras en materia de seguridad, salud, ecología, urbanismo, impulsando la creación de empresas innovadoras y mejorando el nivel de vida y el bienestar social.

La combinación de macro datos e inteligencia artificial también puede amenazar la vida privada y la igualdad social. Las instituciones de educación superior tienen que construir conocimiento para proteger la propiedad de los datos. Determinar que aplicaciones pueden ser útiles para mejorar el bienestar social y cuales invaden la vida privada de las personas.

Hasta aquí es evidente que ningún país puede ignorar la importancia de la educación superior para construir su futuro. La educación universitaria es clave para formar la mano de obra calificada con las habilidades y destrezas del siglo XXI, construir las capacidades para generar conocimiento e innovación que permita impulsar la productividad y el crecimiento económico. Pero también es fundamental para contribuir al desarrollo de los programas de innovación social que, en la era de la digitalización, los países necesitarán para reducir la pobreza y la desigualdad social.

3. Gestión del conocimiento en América Latina y el Caribe

En la búsqueda de una inserción exitosa de ALC en la era de la digitalización, los países de la región necesitan incrementar sostenidamente sus capacidades humanas.

Al respecto, los años promedio de la escolarización adulta se utiliza como un indicador aproximado de esas capacidades en cuanto se refiere a la permanencia en instituciones de educación formal de la población de 25 años o más. Los países de ALC han mejorado este indicador en los últimos años, pero aún están lejos del promedio de los países desarrollados que se sitúan en torno a 12-13 años promedio de escolarización. En la región sólo Chile y Argentina se hallan en torno a los 10 años, mientras que los países más grandes, México y Brasil, se encuentran con 8.4 y 7.3 años de escolarización, respectivamente.

Existen otros indicadores cualitativos que miden las competencias y habilidades adquiridas por los niños y jóvenes a lo largo de la vida, a través de procesos formales e informales de aprendizaje, como la conocida prueba PISA, que mide las habilidades en matemáticas, comprensión lectora y ciencias. Los países de ALC, participantes de esta prueba, obtienen puntajes claramente inferiores respecto a los de los países de la OCDE, especialmente en el dominio de las matemáticas (Brunner, 2016).

No vamos a profundizar en el análisis de los sistemas educativos de nuestros países en los niveles básico y secundario. Pero tenemos que establecer que, sin un mejoramiento sistemático de estos niveles educativos, será casi imposible mantener en el futuro una educación universitaria competitiva y de calidad. Vamos a centrarnos en este trabajo en el análisis del nivel universitario.

Como hemos visto en el apartado anterior, las universidades pueden jugar un papel estratégico en la etapa de la digitalización -fase superior de la sociedad del conocimiento- que hoy vivimos.

En estas circunstancias, es pertinente preguntarse si las instituciones de educación superior de ALC tienen condiciones para enfrentar los retos de la sociedad digital.

Veamos algunos datos para constatar el estado que guardan la educación superior del subcontinente. En primer lugar, hay que destacar que la educación universitaria en la región se ha expandido de manera sorprendente en los últimos 15 años. La tasa bruta de matrícula (relación entre el número de matriculados en educación secundaria y la población en edades de 18 a 24 años) ha crecido un 43% entre el año 2000 y el 2013, en contraste con el crecimiento de la década anterior que fue solo del 19 por ciento.

Otro indicador para medir el crecimiento de la educación superior en la región es la tasa de acceso que refleja la fracción de individuos de 18 a 24 años de edad que alguna vez han tenido acceso a la educación superior.

El acceso creció rápidamente también del 18% al 28% entre los años 2000 y 2013, tasa de cobertura que sigue siendo baja en comparación a la de los países desarrollados.

En términos generales, en la actualidad la educación superior de ALC incluye aproximadamente a 20 millones de estudiantes, 10,000 instituciones y 60,000 programas (Ferreyra, et al., 2017).

El crecimiento de la matrícula ha estado acompañado por una gran expansión por el lado de la oferta. Desde principios de los años 2000 se han abierto aproximadamente 2,300 instituciones de educación superior y se han creado 30,000 programas nuevos.

Por lo tanto, aproximadamente un cuarto de las instituciones educación superior actuales y la mitad de los programas que hoy se ofrecen fueron creados apenas a principios de los años 2000.

Como lo advierten estos datos, destaca la notable explosión que ha tenido la educación superior del subcontinente en los últimos años. Se trata de un enorme potencial de las sociedades de ALC para enfrentar los retos del futuro.

Veamos otras características de la educación superior de la región para dimensionar esto en sus justos términos.

En primer lugar, hay que subrayar el sesgo en la formación universitaria de los estudiantes.

En promedio en ALC se gradúa un porcentaje menor de científicos que en ciencias sociales, contrario a lo que ocurre en los países desarrollados.

Esta tendencia de los estudiantes de la región, de elegir ciencias sociales en detrimento de las otras ciencias, pudo haberse fortalecido en estos últimos años dado que la mayoría de los nuevos programas se han abierto en administración de empresas, derecho y ciencias sociales (Ferreyra et al., 2017).

Esta característica estructural de la educación superior de ALC explica que exista un déficit de científicos e ingenieros que podría estar vinculado con el nivel de innovación de la región, muy bajo en comparación al del mundo desarrollado.

En segundo lugar, de acuerdo a los datos disponibles, aproximadamente la mitad de la población de 25-29 años de edad que realiza educación superior no finaliza sus estudios.

Así también, la permanencia del estudiante en la universidad hasta su graduación es muy larga (en promedio, un 36 por ciento más de lo estipulado); esto se agrava debido al hecho de que la duración reglamentaria de los programas de ALC es, en general, mayor que la de los programas de los países desarrollados.

Esto implica que los estudiantes pasan más años en la educación superior en ALC y, por tanto, se enfrentan a un costo de oportunidad mayor en términos de ingresos no percibidos (Ferreyra et al. ., 2017).

En tercer lugar, se encuentra el tema de la calidad de los programas educativos que se ofrecen en las universidades y, consecuentemente, el de la calidad de sus egresados.

Desafortunadamente no existen suficiente información y tampoco estudios acabados que den cuenta de los resultados esperados en este terreno. Tampoco existe una cultura sólida de aseguramiento de la calidad dentro de las instituciones de educación superior, a excepción de algunas universidades punteras que han impulsado la acreditación de programas educativos, docentes e instituciones.

En el caso de los egresados, los exámenes generales sobre aprendizajes se realizan en pocos países y no en todas las áreas de conocimiento. Sería de mucha utilidad contar con la información de los salarios de los graduados universitarios, así como la evaluación de su desempeño por parte de los empleadores (Brunner, 2016).

Un asunto que merece especial atención es el referido a la capacidad de las universidades de ALC para generar nuevos conocimientos. Efectivamente, en Iberoamérica hay apenas 86 universidades que merecen la calificación de “universidades de investigación” por haber publicado más de 3,000 artículos científicos durante el lustro de 2011-2016; un segundo grupo de 92 universidades que se denominan “universidades con investigación”, que durante el mismo periodo produjo en promedio de 200 a 600 trabajos científicos por año. Luego hay un tercer grupo -algo más numeroso- compuesto por 178 universidades, que denominan “universidades emergentes”, las cuales registran durante el periodo de análisis entre 250 y 999 documentos científicos, esto es, de 50 a 200 por año. Si comparamos estos tres tipos de universidades con el resto que constituyen el universo de estudio -1397 instituciones que publican al menos un artículo y hasta 50 durante el periodo de análisis y las 2467 restantes que son única y estrictamente docentes- se hace evidente la poca capacidad de la educación superior de la región para generar nuevos conocimientos: 8.4% del total (porcentaje al que habría que reducir la producción científica de universidades españolas y portuguesas, para hablar estrictamente de ALC) (Brunner, 2016).

Esta somera revisión sobre algunas características de las universidades de ALC evidencian las escasas posibilidades que se tienen en la región para enfrentar los retos que impone la era de la digitalización: baja tasa de cobertura de educación superior para los jóvenes, elevada tasa de deserción escolar y excesivo tiempo para obtener un título universitario, dudosa calidad de los programas educativos, escasa formación de científicos y baja capacidad para generar nuevos conocimientos.

Como lo revisamos en el primer apartado de este trabajo, el conjunto de fenómenos que provoca la emergencia de las tecnologías digitales configura un contexto socio cultural, que reclama una transformación más profunda de las universidades, y no solo la mera incorporación de las tecnologías digitales a su funcionamiento.

Planteado así el problema, requerimos una visión sistémica de cómo está operando la educación superior en la región. Sin detenernos en el análisis de los problemas arriba enunciados, consideramos que el tema fundamental es cómo se gestiona el conocimiento en las sociedades de ALC y qué papel tienen las instituciones de educación superior en ese proceso de gestión del conocimiento.

Para comprender esto, se requiere entender los principios básicos de la llamada economía del conocimiento. De lo contrario el concepto gestión del conocimiento aparece vacío, sin contenido material para entender los verdaderos alcances de la actual revolución digital en las sociedades actuales.

Al respecto, es oportuno recuperar el texto “La creación de una sociedad del aprendizaje” del premio nobel de economía de 2001 Joseph Stiglitz. En esta obra se vincula la reflexión del aprendizaje organizacional con la gestión del conocimiento y donde los autores destacan que el éxito de la economía contemporánea se explica por la innovación en el aprendizaje (Stiglitz y Greenwald, 2015).

Los tres postulados más importantes de esta obra, desde nuestra perspectiva, son:

1. Hoy día el principal factor que explica el desarrollo de los países no es la acumulación de capital, ni la asignación eficiente de los recursos, sino la capacidad de aprendizaje de la sociedad.

2. La calidad de vida de las sociedades actuales es el resultado de los avances en el conocimiento y la tecnología, así como la brecha existente en el conocimiento es lo que separa a los países desarrollados del resto de países en desarrollo.

3. Construir una “sociedad del aprendizaje” es el camino más corto para mejorar el bienestar de quienes viven en los países en vías de desarrollo.

Como los propios autores lo afirman, este libro pretende constituirse en una guía de las acciones de gobierno, en el mejor sentido de un intervencionismo estatal, para promover y garantizar el aprendizaje de las organizaciones, empresas e individuos. Sin desconocer la importancia que el gobierno tiene para incentivar el aprendizaje de la sociedad, anosotros nos interesa centrar el asunto en los espacios de ALC donde se genera, se gestiona, difunde y se distribuye el conocimiento, es decir, en las universidades.

Stiglitz y Greenwald (2015) centran su análisis “en el conocimiento arraigado en los individuos, las empresas y la sociedad en general, y en cómo ese conocimiento cambia, se transmite y se lleva a la práctica”. Pero ellos mismos reconocen que “el factor determinante más importante en el aprendizaje de los individuos es su capacidad de aprender y, quizá el determinante más crucial en ellos es la educación”.

Por esta razón, nosotros reivindicamos la importancia de la transformación de las universidades para que contribuyan a la construcción de sociedades del aprendizaje.

(Continuará)

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