Por la ventana

Tal Cual

Alberto Loret de Mola

Pasan los minutos, las horas, los días, pasan los coches, autobuses y camiones, pasa la vida o ésta punta de existencia que nos queda a todos. Hoy por hoy nadie, absolutamente nadie, como en el frente de batalla, tiene la certeza de vivir más allá de un par de semanas. Pueden ser tres semanas o cincuenta años. Es cuestión de suerte. (La tasa de mortalidad indica que esta pandemia se llevará al dos por ciento de los mexicanos) Es mil veces más fácil que te toque el premio mayor de la lotería negra a que te ganes, vía Lotenal, la rifa del avión que no es más que una cantidad equivalente a una fracción del aparato que supuestamente se compró pero se debe, que dizque se rifa sin rifarse, que en realidad es de un banco y que se lo quedará la Defensa Nacional.

Pasan las personas caminando a paso rápido, como para que la parca no pose sus órbitas vacías en sus aterradas vidas. Trabajar, comer, correr, lavar todo con jabón, hasta la conciencia, y dormir. Desde nuestra ventana se escuchan las ambulancias, los carretones de basura, se oyen desde lejos los silbidos del carrito del vendedor de camotes ahumados, se sufre al taxista que, irreverente, toca el claxon a las seis de la mañana. ¿Cuánto viviremos? Nadie sabe. Todos estamos pendientes de nuestra respiración y a una pequeña tosidita seca para ponerle, teatralmente, con un toque de paranoia, fecha fatal a nuestros funerales. Todos. Los que no, es que están mal informados o le creen al “Peje”. Y siguen pasando por la calle. No entienden o están demasiado comprometidos en su economía.

Extraño los días en que salir a caminar por una bolsa de hielo era una opción. Extrañamos sentirnos libres. No nos detuvieron las enfermedades previas, salvo un infarto en el 2007 que nos agarró en la casa de Coatepec. En ese entonces ya reinaba Fidel y recibimos en el hospital la visita de nuestra amiga Rosa. La extrañamos, gran mujer. Extrañamos a nuestra amiga Ludiveth Contreras, gran ingeniera y mejor madre que al poco un maldito padecimiento la arrancó de nuestro lado. Pero por extrañar pues a nuestro padre, a nuestra madre, tíos, primos, amigos. Una tos seca, pensamos, e igual nos reuniremos con ellos, así de frágil es la vida en estos momentos. Extrañamos no pensar en la muerte que ahora lleva un nombre tan pretencioso como temido: coronavirus.

Quisiéramos ver a Veracruz gobernado. No hay mandatario, ni secretarios y todos los involucrados en el tema de vida o muerte que nos acecha, son unos ineptos. Todos. Urge un gobernador que venga pronto a tomar decisiones firmes, libres de dogmas partidistas, de conveniencias, de intereses. Alguien salido de buena cuna, con las manos limpias y la mente abierta. De preferencia emanado de la Iniciativa Privada, encabezando a un gabinete con gente joven pero experimentada, con estudios en las áreas específicas de su especialidad. Administradores honestos para Finanzas; abogados con visión de servicio público para la secretaria de Gobierno; políticos carismáticos para la “sub”; médicos administradores para Salud; laboristas para Trabajo; militares con experiencia para Seguridad, Etc.

La gente ve las noticias y piensa -diría Mafalda- que el mundo está muy lejos. Lo que no todos saben es que basta con comer una manzana a la que un enfermo asintomático tosió en algún rancho norteamericano y no fue bien lavada, para estar igual que el portador. Dos de cada cien de los contagiados morirán. Eventualmente y a largo plazo, según el estado de salud de cada quien, entre dos y cinco por ciento caerán sin librar batalla, según la OMS. No será algo épico, no habrá ni honor ni gloria, sólo flores, llantos y, en nuestra tierra natal, chocolomo (Luego les contamos). Lo triste es que el virus está científicamente diseñado para contagiar. Hay expertos que advierten que todos nos enfermaremos en diferentes momentos, con distintas consecuencias. Dependemos que en seis meses o más se tenga una vacuna.

Son la ocho de la noche, las personas pasan de prisa frente a mi ventana. Las mujeres, porque a los feminicidios ahora hay que sumarle los riesgos de contraer la enfermedad a la que todos tememos y casi todos padeceremos, van pálidas. Esto es como la gripa de hace siglos. Mataba a miles, millones. Hoy es una molestia normal. Hemos desarrollado anticuerpos y tolerancia para la influenza. No hay, todavía, defensa natural para este maldito virus que nos mantiene paralizados. Sin embargo, la tierra, la naturaleza piensa distinto. Toma un respiro que la libra por un tiempo de soportar los abusos, excesivos y monstruosos, de nosotros los seres humanos. La tierra seguirá y la raza humana tendrá la oportunidad de corregir el rumbo. Si no lo hace, seremos castigados con la extinción. No lo duden. Ahora, si todavía quieren pasearse como lo hace AMLO háganlo, sólo que, probablemente, caerán primero.

Ps. Hablando de abusos, Cuí, ¿por qué te aferras a ostentar un cargo para el que no estás, ni por error, preparado? ¿Sabes que la ineptitud es la peor forma de corrupción? Si no lo sabes eres un ignorante. Si lo sabes eres un cínico. Por cierto, se te da muy bien la cantinfleada.

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