jueves, mayo 19, 2022

Las Olimpiadas silenciosas

Román Revueltas Retes

Estos Juegos Olímpicos están resultando un tanto extraños. Para empezar, los propios japoneses no querían que se llevaran a cabo: ocho de cada diez se oponían a su realización al temer que las aglomeraciones en los estadios o la mera presencia de un público reducido pudieren desatar una nueva oleada de contagios del SARS-CoV-2 (cosa que está ocurriendo de cualquier manera al haber aparecido la variante Delta, mucho más contagiosa, aunque el encargado del manejo de la epidemia en este país, el inefable señor López-Gatell, haya mascullado, hace apenas cuatro días, que “ninguna variante, ni siquiera la Delta, se ha demostrado que sea más agresiva, más virulenta” y que con tan pasmosa declaración, aunada a las otras barbaridades que ha soltado desde que comenzó la plaga y a sus posturas abiertamente criminales en su calidad de responsable de las políticas sanitarias frente a la embestida del mortífero virus, merezca el farsante tipejo, ahí sí, que se celebre una consulta popular para llevarlo ante los tribunales y condenarlo a las más durísimas penas).

Las Olimpíadas están teniendo lugar, a pesar de todos los pesares, pero con las tribunas vacías. No se entiende, bien a bien, por qué las gradas están desiertas en Tokio y repletas de aficionados en Houston (durante la semifinal de la Gold Cup, la competición regional en la que participamos como distinguidísimos miembros de la CONCACAF) pero, bueno, algún experto en cuestiones epidemiológicas ya nos lo hará saber a ustedes y a mí, amables lectores de esta columna, digo, si no es que se pone a soltar insultos y denuestos como acostumbran hacer los especialistas al servicio del régimen de la 4T.

En algún momento habían decidido los organizadores que los únicos admitidos en el graderío serían los súbditos de Su Majestad Imperial Naruhito. O sea, que los naturales de Estados Unidos Mexicanos o los originarios de Zambia o los provenientes del Reino de Bélgica, entre otras tantas naciones del planeta Tierra, no podrían asistir con disfraces y símbolos patrios a apoyar a sus competidores. Pero ya ni los mismísimos nipones pueden apoltronarse a sus anchas en las tribunas. Lo dicho, estos Juegos son los más silenciosos de la historia.

Según parece, a algunos de los atletas les puede afectar en su rendimiento muscular la ausencia del ruido que viene del público. A otros, los que practican deportes solitarios que necesitan de una extrema concentración, les beneficiará esa paz de los sepulcros que reina en los espacios olímpicos. Será muy interesante verificar, al final de la suprema competición, cuáles habrán sido las consecuencias reales de las tribunas vacías en los resultados de cada uno de los participantes.

Hay otro tema, ya en el ámbito local nuestro: no creo haber visto jamás tanto desinterés en los Juegos. Y no recuerdo tampoco que la propia ceremonia de inauguración fuera algo, en lo personal, tan distante como para no haber hecho siquiera el esfuerzo de sintonizar el televisor. Los horarios de las trasmisiones en vivo son además muy incómodos. Y, pues sí, Japón está muy lejos. Justo donde nace el Sol, como se suele decir. Y últimamente es un país muy callado.

El silencio, por lo visto, se contagia.

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