miércoles, septiembre 28, 2022

Madero y no Zapata, intríngulis presidenciales

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Son un misterio las razones que explican la devoción que tiene el presidente Andrés Manuel López Obrador por la figura de Francisco I. Madero. Desde luego la importancia del prócer es incuestionable. Madero es uno de los héroes más destacados en el panteón de la historia patria y el golpe de Estado que sufrió su gobierno y, sobre todo, su fusilamiento siendo Presidente es uno de los pasajes más infames en el pasado político de México. Pero eso no explica los motivos por los cuales tiene tal peso en el ánimo de López Obrador, muy por encima de otras figuras históricas como Emiliano Zapata, Francisco Villa o José María Morelos y Pavón, personajes todos ellos de extracción social mucho más cercana a la narrativa política e ideológica que sostiene el actual gobierno. Los mitos de Zapata y Villa, en particular, ambos asesinados en celadas perpetradas por los vencedores, son figuras vigentes convertidas en iconos entre los sectores que se encuentran en la base social del obradorismo.

No es el caso de Madero, hijo de una de las familias norteñas más encumbradas del porfiriato, un hombre bien intencionado ni duda cabe y un impulsor de la democracia en el sentido más formal del término, profundo admirador de las tradiciones republicanas de Estados Unidos, país al que el mártir tenía como modelo. En ningún sentido caracterizan a Madero preocupaciones de índole social que pudieran identificarse con el “México profundo”, más allá de su deseo de pugnar por una sociedad democrática de libertades públicas y derechos universales. Y dicho con todo respeto, la adscripción ideológica de Madero, un liberal en toda la palabra, me parece que hoy lo tendría más cerca de los argumentos de los que se sienten ofendidos por la retórica del Presidente contra las instituciones formales, “cascajo de la democracia simulada”, que con el impulsor de un régimen en favor de los pobres y crítico de la mentalidad pequeñoburguesa, a la que Madero estaría adscrito.

En diversas ocasiones López Obrador ha señalado que los tres mejores presidentes de México han sido Benito Juárez (período 1858-1872 con interrupciones), Francisco I. Madero (1911-1913) y Lázaro Cárdenas (1934-1940). Pero mientras que Juárez y Cárdenas ejercieron un mandato de profundas transformaciones jurídicas y orgánicas del Estado mexicano y de la sociedad en su conjunto, Madero, que gobernó apenas 15 meses, es más conocido por su destino trágico. Su breve presidencia se caracterizó por la imposibilidad política para ejercer el poder, maniatado como estaba por los intereses creados y vinculados al orden porfirista. Como sabemos, será asesinado por un golpe de Estado instrumentado, entre otros, por Victoriano Huerta, quien fungía como encargado de la oficina de la Defensa de su gobierno. 

En realidad, el verdadero aporte de Madero a la Revolución fue su papel en el lanzamiento de El Plan de San Luis, la campaña antirreeleccionista contra Porfirio Díaz y la escritura de La Sucesión Presidencial en 1910, el influyente texto que lo convertiría en una figura conocida en el escenario nacional. Pero Madero, formado en escuelas de Estados Unidos y Francia, participó en el movimiento como político e intelectual liberal ofendido por los rasgos autoritarios del régimen porfirista. A diferencia de los otros protagonistas revolucionarios, no tomó las armas, como sí lo hicieron otros rancheros y hacendados anti porfiristas, pero sí el exilio en Estados Unidos, desde donde regresó para emprender su campaña presidencial. Por extracción social, formación e ideología Madero tendría poca probabilidad de ser el campeón de los revolucionarios de izquierda. Contra Madero no solo se opuso la prensa conservadora, como bien ha señalado el presidente López Obrador, sino también los hermanos Flores Magón, de orientación socialista anarquista, durante la Rebelión de Baja California, así como el movimiento zapatista y su Plan de Ayala que se levantó en su contra por considerar que el gobierno maderista había traicionado las banderas del pueblo. Durante su presidencia Madero sacó del semi retiro a Victoriano Huerta, de negro historial como represor de indios mayos y yaquis y cruel sofocador de rebeliones durante el régimen porfirista y lo puso al frente de sus ejércitos. Entre otras cosas, para reprimir al movimiento zapatista y el Plan de Ayala.

Como cualquier otro ser humano, los héroes de la patria están cargados de claroscuros y son producto de su circunstancia. No se trata de menoscabar el papel del llamado “apóstol de la democracia” sino simplemente dar cuenta de una marcada predilección de López Obrador que no resulta fácil explicar cuando lo hace de manera tan deferente en comparación con otros que, aparentemente, tendrían más “méritos” revolucionarios. Hasta el 31 de enero, a lo largo de 777 mañaneras, el Presidente había mencionado a Benito Juárez en 512 ocasiones y a Francisco I. Madero en 469; es decir, en promedio en dos de cada tres conferencias mañaneras el Presidente encuentra una razón para citarlo. Muy por encima de las 236 referencias a Lázaro Cárdenas, el gestor de la reforma agraria y la expropiación petrolera. Emiliano Zapata, sin duda personaje histórico más asociado con las causas populares en el imaginario colectivo, ha sido nombrado 91 ocasiones, poco menos que la quinta parte que Madero (datos del sitio de Spin, Taller de Comunicación Política).

Algún malqueriente dirá que Zapata no es del todo apreciado por el Presidente en la medida en que se convirtió en símbolo del EZLN del sureste, movimiento que no ha escondido su desafecto para con el obradorismo. Pero no me parece razón suficiente. En tal caso lo mismo podría decirse de Madero, pues es un apellido asociado con el PAN, toda vez que los descendientes del prócer han sido conspicuos líderes del partido conservador. Otros críticos dirán que la inclinación del presidente obedece a la influencia de su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, que como historiadora ha publicado tres o cuatro textos sobre la figura de Madero. Pero tampoco me resulta convincente, los textos de la escritora fueron publicados cuando ya eran pareja y en todo caso podría decirse que las influencias de libros y autores podrían ser mutuas. López Obrador es un estudioso de la historia por interés propio y conoce la vida de Madero a cabalidad.

No, creo que el encanto maderista del Presidente reside en otro lado. Prácticamente todos los héroes patrios son mártires porque terminaron pagando con su vida sus convicciones e intereses políticos. Pero el único que lo hizo siendo presidente fue Madero. Y me parece que allí reside la fascinación de López Obrador. Algo que no deja de ser inquietante. Este martes se hizo un homenaje en el 109 aniversario de la muerte de Madero y hace dos años se instaló un memorial permanente en el Patio de Honor de Palacio Nacional llamado la Intendencia de la Traición. Lo cual no hace sino profundizar la inquietud.

Lo paradójico es que, en sentido estricto, el “martirio” de Madero fue resultado de la bajeza de sus enemigos y no del sacrificio personal en defensa de sus convicciones republicanas o democráticas: ya había accedido a dejar la presidencia para salvar la vida en el exilio. Algo que Salvador Allende no hizo y, llegado el caso, estoy convencido, tampoco haría López Obrador. Pero esa es otra historia, una que espero nunca se escriba. 

Jorge Zepeda Patterson

@jorgezepedap

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