HOY:

Entre la extrema derecha y la extrema izquierda

La ola derechista que semejante a la marea alta ha acometido contra gobiernos de izquierda en América Latina recicla el discurso empleado por la clase política de los años sesenta del siglo pasado en México y en buena parte del orbe. En aquellos tiempos el paradigma se enfocaba en la lucha de la liberación de los pueblos, muchas colonias pertenecientes a naciones europeas alcanzaron su independencia tras largos años de luchas clandestinas. Tiempos de...
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Modalidad 40: el gobierno le cierra la puerta a una mejor jubilación

Después de décadas de trabajo y cotizaciones, miles de mexicanos descubren que las reglas para mejorar su pensión pueden cambiar cuando están a punto de jubilarse. El IMSS acaba de imponer nuevas restricciones a la Modalidad 40, mecanismo que permitía a los trabajadores continuar cotizando voluntariamente y elevar el monto de su futura pensión. Desde el 22 de octubre, las nuevas inscripciones quedan limitadas al último salario registrado, con un incremento máximo de una UMA diaria. Quienes ya están inscritos conservan sus condiciones. El golpe puede ser considerable. En un ejercicio...

Jóvenes sin escuela, sin empleo y sin esperanza 

Expresión Ciudadana
Carlos A. Luna Escudero

México está desperdiciando a millones de jóvenes. Y no por falta de talento, aspiraciones o ganas de salir adelante, sino porque durante años el Estado ha sido incapaz de construir suficientes caminos entre la escuela y un empleo digno. 

El resultado es brutal: al menos 4.5 millones de mexicanos de entre 15 y 29 años no estudian ni trabajan, equivalentes al 14.3 por ciento de los jóvenes del país, de acuerdo con el estudio Jóvenes en México 2026, presentado por el Observatorio de la Juventud en Iberoamérica.

La cifra debería provocar una emergencia nacional. Sin embargo, corre el riesgo de convertirse en una estadística más dentro de un país acostumbrado a administrar problemas en lugar de resolverlos. 

Más grave todavía: en el año 2000, la proporción de jóvenes fuera de la escuela y del mercado laboral era de 11 por ciento; para 2026 aumentó a 14.3 por ciento. 

Después de más de un cuarto de siglo de programas, discursos, reformas educativas y políticas sociales, el problema no disminuyó: creció.

Y aquí es donde el discurso oficial comienza a estrellarse contra la realidad.

Durante los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación se ha insistido en que “por el bien de todos, primero los pobres” y que los jóvenes dejaron de ser olvidados. Se crearon becas, apoyos y programas como Jóvenes Construyendo el Futuro. El actual gobierno incluso sostiene que siete de cada diez beneficiarios que concluyen su capacitación encuentran posteriormente empleo u ocupación productiva y anunció la incorporación de cerca de 250 mil jóvenes durante 2026.

Pero una política pública no puede evaluarse solamente contando beneficiarios o repartiendo recursos. Se evalúa observando si el problema estructural disminuye. Y 4.5 millones de jóvenes fuera simultáneamente de la educación y del trabajo demuestran que México está muy lejos de haberlo resuelto.

No se trata de descalificar las becas. Para miles de familias pueden significar la diferencia entre continuar estudiando o abandonar la escuela. Tampoco puede negarse que un programa de capacitación laboral puede abrir oportunidades. El problema aparece cuando el apoyo económico termina convertido en sustituto de una verdadera política educativa, productiva y laboral.

Porque entregar dinero no crea automáticamente universidades de calidad, empresas, innovación, inversión ni empleos bien remunerados. 

Una transferencia puede aliviar una necesidad inmediata; difícilmente puede, por sí sola, construir un futuro.

Los datos revelados por Jóvenes en México 2026 son todavía más preocupantes cuando se observa qué ocurre con quienes sí trabajan. Prácticamente nueve de cada diez jóvenes ocupados perciben entre uno y dos salarios mínimos, mientras una buena parte enfrenta condiciones de precariedad laboral. Al mismo tiempo, únicamente 33.4 por ciento de los jóvenes se dedica exclusivamente a estudiar; 12.8 por ciento estudia y trabaja, y 39.6 por ciento solamente trabaja.

Es decir, el problema mexicano no consiste únicamente en conseguir trabajo. Consiste en qué clase de trabajo estamos ofreciendo a la siguiente generación.

El mercado laboral nacional sigue cargando además con una enorme informalidad. De acuerdo con datos oficiales correspondientes al primer trimestre de 2026, la tasa promedio de informalidad laboral en México se ubicó en 54.8 por ciento. Esto significa que hablar solamente de una baja tasa de desempleo puede resultar profundamente engañoso: alguien que vende cualquier producto unas horas, trabaja sin contrato, carece de seguridad social o sobrevive en actividades precarias puede aparecer estadísticamente como ocupado.

Ese es uno de los grandes espejismos del discurso gubernamental: confundir ocupación con bienestar laboral.

Pero existe otro fracaso que debería preocupar todavía más: la desconexión entre las aulas y la realidad. El estudio revela que 42.2 por ciento de los jóvenes considera que aquello que recibe en la escuela no es interesante. No debería sorprendernos. Estamos pidiendo a los jóvenes competir en un mundo dominado por inteligencia artificial, automatización, programación, análisis de datos, robótica, comercio global y transformación tecnológica mientras demasiadas escuelas mexicanas continúan enfrentando carencias elementales y enormes desigualdades.

Y mientras el mundo discute qué capacidades necesitarán los trabajadores frente a la inteligencia artificial, México todavía intenta conseguir que millones de muchachos simplemente permanezcan dentro del sistema educativo.

Ese retraso tiene consecuencias.

Un joven que abandona la escuela y tampoco consigue trabajo no desaparece de la sociedad. Sigue necesitando ingresos, identidad, pertenencia y oportunidades. 

Cuando el Estado, la escuela y el mercado laboral dejan espacios vacíos, alguien termina ocupándolos. 

Y en un país donde el crimen organizado posee capacidad económica, territorial y de reclutamiento, abandonar a millones de jóvenes constituye algo más que un fracaso educativo: es también una irresponsabilidad social y de seguridad pública.

Hay además una profunda desigualdad escondida detrás de estas cifras. No todos los jóvenes parten desde el mismo lugar. Para unos, terminar una licenciatura significa elegir entre ofertas profesionales; para otros, terminar la preparatoria ya representa una hazaña. Hay jóvenes que pueden estudiar idiomas, programación o inteligencia artificial y otros que deben abandonar la escuela para ayudar económicamente en casa. Hay quienes cuentan con computadora, conexión permanente y redes profesionales, mientras otros comienzan su vida laboral desde la precariedad.

Por eso resulta tan cómodo presumir becas desde Palacio Nacional. Lo difícil sería garantizar que esas becas conduzcan a educación de calidad, capacitación pertinente, inversión productiva y empleos suficientemente remunerados para que los jóvenes puedan independizarse, formar un patrimonio y construir un proyecto de vida.

El propio INEGI mostró la fragilidad general del mercado laboral: durante el primer trimestre de 2026 había 4.9 millones de personas no económicamente activas que se declaraban disponibles para trabajar, mientras la población desocupada alcanzaba 1.6 millones. 

Son cifras que obligan a mirar mucho más allá del triunfalismo construido alrededor de una tasa de desempleo aparentemente baja.

México necesita dejar de medir el éxito de su política juvenil por el número de tarjetas entregadas y comenzar a medirlo por jóvenes que terminan sus estudios, consiguen su primer empleo formal, reciben capacitación tecnológica, emprenden negocios viables, acceden a seguridad social y pueden vivir dignamente de su trabajo.

Porque un gobierno no rescata a los jóvenes cuando les entrega una beca. Los rescata cuando consigue que ya no dependan de ella.

Cuatro millones y medio de jóvenes fuera de las aulas y del mercado laboral representan 4.5 millones de historias cuyo futuro está suspendido. Son millones de oportunidades desperdiciadas y una gigantesca factura que México terminará pagando en menor productividad, desigualdad, pobreza, migración, informalidad e inseguridad.

La 4T prometió que los jóvenes nunca volverían a ser olvidados. Los datos muestran una realidad mucho menos cómoda: millones continúan esperando una oportunidad verdadera.

Y cuando un país permite que una parte de su juventud deje de estudiar, no encuentre trabajo y pierda la esperanza de progresar, el fracaso no es de los jóvenes. Es del modelo que les prometió futuro y terminó administrándoles precariedad.

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