viernes, diciembre 9, 2022

Estatuas de sal

Martín Quitano Martínez

mquim1962@hotmail.com

twitter: @mquim1962

El compromiso es un acto, no una palabra.

Jean Paul Sartre

Sin ofrecer avances reales, es solo un discurso señalar el pasado como el culpable de las dificultades del presente; quejarse de lo mal que está el presente por culpa del pasado y ocuparlo como excusa para no dar resultados, es un refugio político pero no sirve cuando se sigue estancando la oportunidad de un mejor futuro sobre la idea de que poco o nada se puede lograr en la medida de las condiciones que se fueron definiendo anteriormente.

Desde la candidatura y al presentarse, se espera, cada ejercicio de gobierno asume el conocimiento de las condiciones que existen previo a su inicio. En muchos casos, de hecho llegan a triunfar porque los ofrecimientos de campaña concitan la esperanza para ciudadanos agotados de ejercicios públicos que no les refieren satisfacciones o que han agotado los imaginarios de mejoras. Además se les respalda porque con sus propuestas ofrecen capacidad, integridad, voluntad y conocimientos para modificar lo existente que ha sido mal calificado, generando expectativas sobre la resolución de problemas, transformar y mejorar las condiciones y cumplir con lo ofrecido. Resultados favorables es lo que se espera.

El temor de reconocer que mucho de lo ofertado en campaña sigue pendiente, impulsa a la reiterada referencia a señalar y hablar del terrible pasado como la excusa para el incumplimiento con el riesgo, al insistir en mirar, como la mujer de Lot, hacia atrás, de convertirse en estatuas de sal que se desmoronan y balbucean estribillos que ya no alcanzan a justificar la inacción. La falta de respuestas o peor aún, la repetición o profundización de los males que ofrecieron resolver, que justificaron el hartazgo social y posibilitaron condiciones para su llegada a los poderes y representaciones, los señala sin remedio.

La complejidad de los problemas de nuestro país, es evidente, es muy alta y no se necesitan sesudos diagnósticos para entender que se requiere mucho, pero mucho más que los lugares comunes del voluntarismo o las consignas de plaza.

Los que forman gobiernos electos por sus ciudadanos, asumen que traen bajo el brazo el conocimiento y las herramientas que favorecerán los cambios, que tienen el pulso de las dificultades pero que también poseen rutas para su atención, por ello es que llamarse sorprendidos de los tiraderos, de las suciedades y debilidades heredadas, a estas alturas suena ya demasiado hueco y se interpreta como el abrigo de la incompetencia. Urgen salidas, acciones concretas para avanzar en la mejora ciudadana.

Hoy parece quedar muy lejos ese discurso del triunfo del 1 de julio del 2018, el de la construcción discursiva que señaló y convenció a millones de votantes, de que enfrentar esos tiempos negros era posible y de que se tenía claro que solo sería posible con el aliento de nuevas y vigorosas formas de actuación democrática, de transparencia y rendición de cuentas, de capacidad, de integridad y apego al estado de derecho, de fortalecimiento institucional, de pluralidad y diversidad, del reconocimiento y respeto de las opiniones diferentes y fundamentalmente de convocar a un gran acuerdo de unidad nacional para enfrentar nuestros demonios. 

A cuatro años, los demonios siguen creciendo.

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