Cosas Pequeñas
Ayer habría cumplido cien años. Nació en Córdoba, específicamente en el patio de vecindad llamado “El Progreso”, frente al mercado Revolución. Cuando regresó a México, de visita, a principios de los años 90, tuve oportunidad de acompañarlo al Patio, por supuesto no recordaba absolutamente nada, pero [re] conoció el lugar en que llegó al mundo.
Resulta que, nacida mi tía María, la tercera en el orden de hijos, mis abuelos decidieron trasladarse a Ciudad de México, donde pusieron un puesto de telas, en La Lagunilla.
Pero muy pronto decidieron volver a Siria, que aún era parte del imperio otomano y venía sufriendo ya milenios de sangre y dolor, expolios y dictaduras que trágicamente no parecen terminar. Entonces mi papá, Jorge, el primogénito, tenía sólo 8 años de edad.
Diez años después, mi padre decidiría volver a México, que lo acogió durante 82 de sus 89 años, lo que mi padre correspondió con profundo amor y gratitud a esta patria grande, generosa y hospitalaria.
Pero estoy hablando de su hermano, mi tío, que ayer estaría de cumpleaños.
Le pusieron el nombre del Profeta que venció a los leones, y no creo que haya sido una coincidencia. Esto se lo hizo notar en más de una ocasión el presidente de Siria, que me consta lo respetaba y reconocía, como muchos más.
Mi tío estudió derecho. Pero se inclinó por la política. La fidelidad a sus principios lo sometió a las más duras pruebas; su cara, su nariz, las uñas de sus dedos estaban plagadas de la evidencia que él jamás presumió, pero de la que nunca se avergonzó: las brutales torturas, las prisiones, la clandestinidad, que me parecían las mejores condecoraciones posibles de un hombre íntegro.
Su francés era fluido y le bastó una semana para entender el castellano sin dificultad. Me decían que su redacción del árabe -una lengua extremadamente compleja— era pulcra, emotiva y propia de alguien culto y muy inteligente; solía escribir prolijamente. El ruso también era lo suyo: su cercanía con la URSS le convirtió en una pieza fundamental en las tres décadas en que participó de manera prominente en un acuerdo social que permitió a casi la totalidad de las corrientes políticas mantener la relativa paz y la unidad nacional de los sirios, hasta que se hicieron presentes el radicalismo religioso, la opresión externa y todas las justificaciones que permitieron ver la cara -y sufrirla— de la más feroz, sangrienta e inadmisible dictadura.
Era profundamente tolerante y a pesar del origen cristiano de la familia, tuvo siempre un papel prominente (y respetado) en la política nacional de un país de gran mayoría musulmana. Su carácter era fuerte. Lo vi enojado. Pero era inevitable. Era un Nemi. ¿Qué se le iba a hacer?
Su mayor virtud era la congruencia: tenía un solo traje de tres piezas que mi tía, afanosa, cepillaba y planchaba por las noches. No atesoró bienes ni fortuna, vivió muy por debajo de la medianía y me atrevo a decir que, en franco nivel de pobreza, sus hijos también. Su casa era un pequeñísimo departamento, viejo y modesto, de dos habitaciones y un baño pero notoriamente digno, respetable, amoroso, cálido, hospitalario, que jamás estaba sin visitas, en donde jamás faltaría un delicioso café ni un bocado que llevar a la boca, se tratara de quien se tratara, incluso muchos desconocidos.
En 1981, en Damasco, me tocó presenciar cuando uno de mis primos, el de la misma edad que yo, confrontó solito, en la calle, al cruel y prepotente hijo de un poderosísimo generalote que estaba abusando de personas indefensas; creo que golpeó sin razón a alguna de ellas. Me admiró la serenidad de mi tío. El asunto ni siquiera se percibió como motivo de orgullo: era absolutamente natural que se solidarizara incondicionalmente con los débiles, con los desprotegidos, al precio que fuera. Mi tío y mi primo recibieron disculpas formales y, por lo que percibí, sinceras y preocupadas.
Nunca quiso hablar conmigo de política, yo empezaba la universidad y quería presumirle mis “conocimientos” del leninismo. En cambio, insistió en que me trajera tres discos LP de acetato de la Sinfónica de Moscú, con Carmina Burana. No los acepté, pero no obstante nos llenó de regalos, muchos, toda la vida. Nunca supe cómo hacía para prodigar y compartir con tal abundancia.
Cuando vino a México, una década después, fue recibido por la Cancillería y por el pleno de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados. Me arrepiento de no haber gestionado que se le reconociera como Cordobés Ilustre. Confieso que no se me ocurrió entonces. Aunque seguramente él no habría aceptado.
Me refiero a Daniel Daoud Nemi Kuri, hermano de mi padre. Hombre excepcional.