Sin tacto
En el infierno de la deshumanización, Hitler convocó a científicos y médicos alemanes para que encontraran la manera de procesar los cuerpos de los millones de judíos que estaba matando como parte de su estrategia para hacerse de las fortunas que éstos habían acumulado a lo largo de los siglos, y con ese dinero patrocinar las guerras que sostenía con todos los países europeos cercanos a sus fronteras y después con los gringos y con los soviéticos.
Era un trabajo descomunal deshacerse de toneladas y toneladas de cuerpos, de ropa, de accesorios, de dientes, de anteojos, de zapatos… De ahí surgieron los campos de exterminio -que seguramente los nazis no llamaban así, sino algo como “centros de re-conducción de materiales orgánicos provenientes de fuente desconocida”-.
Dicen que fueron de 7 a 9 millones de cadáveres los que produjo la inhumanidad hitleriana -a los que hay que sumar muchos millones de europeos, cerca de 20 millones de rusos, y unos cientos de miles de soldados yanquis-. Las cifras son descomunales y eso explica el número y el tamaño de los hornos crematorios y de las bodegas de la muerte en las que asfixiaban con gases a miles y miles de personas.
El horror del holocausto está registrado en la historia y sigue siendo motivo para sospechar de la humanidad de nuestra especie.
Pero vayamos a nuestro país y a nuestros días. En los últimos siete años murieron asesinados 200 mil mexicanos y desaparecieron más de 50 mil personas según la cifra oficial del Gobierno federal, o más de cien mil personas de acuerdo con información de la Comisión Nacional de Búsqueda.
Vayamos a lo bajo y pensemos que de diciembre de 2018 a septiembre de 2024 hubo 200 mil personas asesinadas y 50 mil desaparecidas. Eso significa 250 mil cuerpos inertes que ocupan un espacio y deben estar en lugares ignotos, en tumbas clandestinas, quemados sus huesos y su carne, y sus cenizas esparcidas en ríos, mares y campos.
250 mil cuerpos con un promedio de 50 kg de peso, son 12 millones 500 mil kilogramos de restos humanos, 12,500 toneladas de carne talada, de huesos destrozados, de tripas y órganos; medio millón de ojos; varios kilómetros de cabellos.
¿Dónde están todos esos cuerpos que no encontramos? ¿Cuántos pudieron recibir cristiana sepultura y fueron llorados como Dios manda?
Ante tal cantidad de desechos que antes fueron personas, seguramente los malosos tuvieron el mismo problema que sus colegas nazis, y seguramente los resolvieron del mismo modo, con centros de exterminio para desaparecer los vestigios de sus crímenes.
Esos centros no debemos llamarlos “de exterminio” porque se enoja la voz oficial, pero con el nombre que sea existieron y siguen existiendo en nuestra dolorida patria.
Hasta que alguien ponga orden…