Agradezco en primer lugar a las y los organizadores de esta jornada académica “Puentes de conocimiento: Universidades que forjaron el mundo hispanoamericano” por su convocatoria para participar desde la visión de la universidad mexicana. Me propongo en tal sentido, compartir con ustedes una mirada necesariamente panorámica sobre la génesis y desarrollo de la institución en México. Se trata de un reto que buscaré atender, respondiendo al objetivo de interpretar el gran influjo que ha ejercido la universidad española en la conformación y desarrollo de dicha institución a lo largo de sus largas y complejas etapas.
La Universidad de México tiene la huella profunda de las universidades peninsulares. En especial de la Universidad de Salamanca que fue el modelo para la creación de universidades en tierras americanas. Sin embargo, la impronta española no se limitó al legado organizativo o legal, sino que estuvo sustentada en temas profundos como la propia lengua –hecho que hoy nos sigue articulando– y a la presencia de mujeres y hombres que, en diferentes momentos de la historia y procedentes de los más diversos rincones de la geografía hispana marcaron con su saber y cultura a las universidades de América y en particular a mi propia institución.
Y aquí quisiera abrir una primera previsión, la universidad se encuentra articulada a su tiempo y a su espacio y no responde a una línea acumulativa o de simple continuidad. El caso de la universidad de México –al igual que cualquier otras universidad– está relacionada con su contexto específico y
debe ser analizada en función del momento y las circunstancias sociales en que se inscribe. Buscando aprovechar el tiempo que me han concedido quisiera aludir a las grandes etapas de la Universidad en México. No se trata de períodos simétricos o secuenciales, sino de espacios temporales con características específicas, que aspiran a ilustrar momentos clave en la conformación de una universidad que hoy se acerca a los 475 años de la creación de su institución precursora.
Sin detenerme en los detalles de cada una de las grandes etapas de la Universidad en México, quisiera compartir con ustedes un mapa de la génesis y evolución a través de momentos de gran significación.
La universidad novohispana: ascenso y declive.
Crisis universitaria del siglo XIX.
Fundación de la Universidad Nacional.
Vasconcelos y la universidad al pueblo.
De la autonomía a las leyes orgánicas de 1933 y 1944.
La construcción de la Ciudad Universitaria y la modernización nacional.
Los límites del 68 y el surgimiento de un nuevo modelo institucional.
La universidad del siglo XXI.
El proyecto actual.
La universidad novohispana: ascenso y declive
Buscando responder a la interrogante que sugiere el título de esta jornada acerca de los vínculos entre las universidades españolas y la Universidad de México, resulta fundamental reconocer la clara presencia de la Universidad de Salamanca en el momento fundacional de la Real Universidad de México. En
1537, apenas 16 años después de la caída de México Tenochtitlan, el obispo Zumárraga planteaba al virrey Antonio de Mendoza y al rey Carlos V, la necesidad de fundar una universidad en esta ciudad para la formación de los naturales y españoles que aspiraban a la educación y que resultaban esenciales para el cumplimiento de las tareas del clero y de la administración colonial.
Unos años después, en 1551, sería expedida a nombre de Carlos V la Real Cédula de fundación de la Real Universidad de México y en la que se señalaba la voluntad de fundar el Estudio y Universidad con “todos los privilegios y franquezas y libertades y exenciones que tiene y goza el estudio y Universidad de la dicha ciudad de Salamanca…”. De acuerdo con Enrique González, uno de los principales estudiosos de ese período, el Virrey y la Audiencia se ocuparían de la puesta en marcha de la nueva institución. Y ya que todos los oidores se habían graduado en Salamanca, la institución en ciernes tendría una estructura similar a su institución de origen. El rey, en tanto fundador de la Real Universidad, sería su patrono y estaría a cargo de su sostenimiento, así como de su régimen legal. En 1595, la Universidad de México recibió la bula de Clemente VIII y ese hecho la convertía en Real y Pontificia.
La Universidad respondía en términos de gobierno y organización académica a un esquema centrado en las figuras del Rector y el Canciller o Maestrescuela. Asimismo, contaba con cuatro claustros: el claustro pleno, el claustro de rector y conciliarios, el claustro de doctores y el claustro de diputados. Los estudios se organizaban por facultades: la menor o de Artes, y las mayores que eran Medicina, Derecho Civil o Leyes, Derecho Eclesiástico o Cánones y Teología.
Si bien la universidad novohispana contribuyó de una manera notable a la formación de una base eclesiástica y administrativa, lo cierto es que al paso de los siglos su presencia fue decayendo. Así, a finales del siglo XVII, –según Renate Marsiske– la relativa autonomía universitaria fue mermando en favor de la Corona y la enseñanza escolástica se prolongaría sin permitir apenas el flujo del nuevo conocimiento. Éstas, entre otras razones, llevaron a un progresivo deterioro de la institución universitaria que cerraba el paso al pensamiento ilustrado y a las nuevas corrientes del pensamiento. No está de más recordar que esa tendencia tendría una dimensión en otros ámbitos de Europa y daría lugar a una suerte de refundación universitaria dando lugar a los modelos universitarios decimonónicos: el germánico, el británico y el francés. Todos ellos con profundos ecos en todo el mundo.
Crisis universitaria del siglo XIX
En México, durante el siglo XIX, la lucha independentista y las ulteriores disputas entre liberales y conservadores traerán fuertes presiones para la Universidad de México, que será alternativamente denominada como “Imperial” o “Nacional”. Y tales denominaciones no serán sólo de forma, sino que expresarán las profundas diferencias prevalecientes al interior de una institución que se vería profundamente marcada por las tensiones derivadas de la construcción de la nueva nación. En ese contexto la institución, luego de alternativos cierres y aperturas, será cerrada por los liberales, por considerarla como “inútil, irreformable y perniciosa”. Cabe señalar que la educación superior no desaparecería y que florecería de manera principal en las Escuelas Nacionales de Medicina, Jurisprudencia, Minas y Preparatoria.
Fundación de la Universidad Nacional
En 1910, Bajo el pensamiento de Justo Sierra y de destacados intelectuales como Ezequiel A. Chávez y Pedro Henríquez Ureña, así como el claro respaldo del Estado mexicano, fue creada la Universidad Nacional (a partir de las Escuelas Nacionales del XIX) en una fastuosa ceremonia a la que acudieron representantes de las universidades de Paris, Salamanca y Berkeley, así como de otras universidades principalmente de los Estados Unidos.
La nueva universidad encontraba su génesis en el propósito nacional de contar con una institución que respondiera a las expectativas de un grupo de intelectuales que, de cara al siglo XX, vislumbraba la importancia de promover el saber en un país cuya población alcanzaba un 80% de analfabetismo. De manera paradójica, los caros anhelos por promover el saber, encontrarían sus propios límites ese mismo año con el inicio de la primera revolución social del siglo XX.
La fundación de la Universidad Nacional traería una vez más a México, la presencia de la Universidad de Salamanca. Dicha institución y su rector Miguel de Unamuno, sería invitada como madrina de la naciente institución. Aunque dicha visita no pudo concretarse, la convocatoria y las crónicas sostienen la presencia salmantina en la nueva universidad. Asimismo, merece señalarse la presencia de Rafael Altamira, quien desde la Universidad de Oviedo abría nuevas vetas de colaboración universitaria.
Vasconcelos y la Universidad al pueblo
La llegada de José Vasconcelos a la rectoría universitaria marcará un momento crucial para la Universidad. Al respecto Javier Garciadiego, uno de los historiadores más consistentes del país, sostiene que la Universidad Nacional se funda dos veces. Vasconcelos es pues el refundador y es él quien infundirá en la institución un fuerte compromiso con México. Bajo el pensamiento vasconceliano queda en la memoria su afirmación de que la Universidad no podía siempre pedir, esta vez se precisaba saber lo que la Universidad debía hacer por el pueblo. Ello marcaba un nuevo signo para la institución: el compromiso social como principio esencial de su encargo.
A finales de esa década, en 1929, la Universidad Nacional obtendrá su autonomía como respuesta del poder a una conflictiva que había escalado desde un problema local hasta un movimiento mayor. Así, quedaría promulgada una Ley Orgánica que establecía la libertad para decidir temas académicos, libertad para nombrar académicos y directivos, así como libertad del ejercicio financiero
De la autonomía a las leyes orgánicas de 1933 y 1944
En 1933 la Universidad recibiría una nueva ley orgánica que presentaba condiciones paradójicas: refrendaba su autonomía pero perdía su carácter nacional. El Estado le haría una entrega única de 10 millones de pesos y la dejaría vivir su autonomía. Mientras tanto, el Estado impulsaría la educación básica, apoyaría la educación técnica y crearía el Instituto Politécnico Nacional.
Bajo un ambiente de tensiones e inestabilidad en el que se sucedieron siete rectorados en apenas 10 años la Universidad Nacional llegaría, durante el rectorado de Alfonso Caso, la nueva Ley Orgánica de 1945, en la cual se establecerían las bases normativas para la institución de las siguientes décadas abriendo una nueva etapa de estabilidad y consolidación institucional.
En esta etapa es preciso abrir un paréntesis para referir la crucial e influyente presencia de los intelectuales españoles que, procedentes de numerosas universidades peninsulares, se integraban a la Universidad Nacional y a la Casa de España en México –posteriormente el Colegio de México–. Sobre este tema se ha escrito una multiplicidad de trabajos y difícilmente podríamos ahora referirlos.
Según Mari Carmen Serra Puche, el exilio acogió a más de 20,000 personas. De diversa composición, este grupo daba cabida a científicos, académicos y directivos universitarios quienes ejercieron un fuerte influjo en la ciencia, las humanidades y las artes. Las disciplinas abarcadas son de muy diversa índole: antropología, arquitectura, biología, derecho, economía, filología, filosofía, historia, ingeniería, literatura, medicina, química. Y de los nombres un listado somero y claramente incompleto incluye a personajes como Antonio Medinaveitia, Fernando Orozco, José Giral, José Puche, Pedro Carrasco, Luis Recasens, José Gaos, Eduardo Nicol, Adolfo Sánchez Vázquez, Jaume Serra, Ramón Xirau, Pedro Bosch y Gimpera, Juan Comas, José Medina Echavarría, Félix Candela, Luis Buñuel, León Felipe y muchos más, cuyas labores de docencia, investigación y difusión, enriquecieron la vida intelectual de México y nutrieron con su vasto capital social e intelectual a la Universidad Nacional.
La construcción de la Ciudad Universitaria y la modernización nacional
La creación de la Ciudad Universitaria representaría un hito para la institución. Los gobiernos de Manuel Ávila Camacho y de Miguel Alemán encabezarían una magna construcción que, además de constituir un logro arquitectónico en sí, representaba la integración arquitectónica de diferentes disciplinas. Es decir, una integracion pedagógica precursora de otras formas de colaboración e incluso de interdisciplina.
Los límites del 68 y el surgimiento de un nuevo modelo institucional
Después de casi dos décadas de un vínculo relativamente armonioso ante el Estado, llegaría el 68. Parafraseando a Raymond Carr en sus reflexiones sobre la España del tardo franquismo, es posible señalar que en México las normas y estructuras formales de finales de los sesenta, difícilmente cubrían las aspiraciones de la sociedad mexicana de entonces. Ello derivaría en un movimiento universitario y social en que la juventud reclamaba mayor apertura y flexibilidad para sí. Dicho movimiento, sería abruptamente frenado por la represión gubernamental y por la tristemente célebre matanza de Tlatelolco.
El movimiento de 1968 rompió el «pacto» entre la UNAM y el Estado, en un contexto de crisis estructural marcada por «profundas desigualdades sociales y una cerrazón política insostenible». El rector Javier Barros Sierra encabezó la defensa de la autonomía universitaria. Presentó su renuncia (no aceptada) y sostuvo que la institución no podía ser «instrumento de partidos, facciones o grupos». El pliego petitorio exigía, entre otros puntos, la libertad de presos políticos, la extinción del cuerpo de granaderos y la derogación del delito de «disolución social». El movimiento culminó el 2 de octubre en Tlatelolco con la intervención armada del ejército contra los estudiantes. Pese a la tragedia, el 68 fortaleció el respaldo social hacia la UNAM, reafirmando su vocación de «formar hombres, educarlos, hacerlos útiles a México».
Y es justo la década de los setenta, el momento en que se daría respuesta institucional al movimiento de 68. Es posible afirmar que la UNAM que hoy vivimos, tiene su matriz en dicha década. La doble gestión de los rectores González Casanova y Soberón Acevedo constituye una base paradójica de la universidad de hoy pues, manteniendo posiciones distintas, ambos sentaron las bases para la institución que habría de perdurar hasta nuestros días. El rector González Casanova impulsó –en apenas 15 meses– la creación de un nuevo modelo de bachillerato, un esquema de descentralización y un innovador sistema de enseñanza abierta y a distancia. Sin embargo, presionado por el gobierno federal, en un contexto nacional violento y de polarización ideológica, el rector se vió obligado a dimitir. Por su parte, el rector Soberón impulsó una redefinición integral de la institución (política, administrativa, laboral y académica) que marcó las décadas siguientes. En lo académico, consolidó las propuestas del rector anterior y además fortaleció la investigación y la cultura.
La universidad del siglo XXI
La universidad que cerró el siglo XX estuvo inmersa en una profunda conflictiva relacionada con la pretensión institucional –y la presión gubernamental– por incrementar las cuotas de matrícula. Ello derivó en un largo cierre estudiantil que solamente fue contenido con la entrada de la fuerza policiaca y con la detención de casi un millar de estudiantes. El costo institucional incluyó la precipitada salida del rector en funciones y la llegada de un nuevo rector cuyo principal objetivo sería recuperar la estabilidad.
El rector De la Fuente lo logró con base en una estrategia de reconstrucción de la imagen institucional. Ello fue avanzando y, de manera simultánea a la contención de paros y cierres intempestivos, se logró arribar a una nueva etapa en la cual la UNAM alcanzó una dimensión internacional merced a su incorporación en los rankings universitarios.
Un nuevo rector, José Narro, siguió la estela de su antecesor y mantuvo una doble estrategia de contención de la conflictividad y de crecimiento de escuelas, carreras y especialidades disciplinarias e interdisciplinarias.También impulsó la ampliación del Consejo Universitario buscando una mayor representatividad de la comunidad.
La gestión del rector Graue siguió el patrón definido por los rectorados anteriores. Contención institucional, crecimiento discreto y consolidación del proyecto académico. No olvidemos también la presencia de temas complejos como la epidemia de COVID, las reivindicaciones feministas agudizadas en este período, así como un ambiente en el que las violencias se hicieron cada vez más presentes en el ambiente universitario.
El proyecto actual
La Universidad que cierra el primer cuarto del siglo XXI se encuentra inmersa en la complejidad de su tiempo. Temas estructurales como las desigualdades sociales, la insuficiente dotación presupuestal y el siempre inacabado tema de la autonomía universitaria, se manifiestan en múltiples sentidos. En tal sentido, hoy la UNAM está en medio de un proceso reflexivo que deberá llevar a la formulación de propuestas de cara al futuro.
Propuestas que buscan atender los temas principales de la coyuntura, pero que aspiran a plantear horizontes de futuro en los más diversos ángulos: colegialidad y gobernanza, personal docente y de investigación, violencias, género, integridad, sustentabilidad, docencia, investigación y difusión, relación de la UNAM con el Estado y la sociedad, descentralización y gestión universitaria. Todos temas cruciales para la universidad y que hoy están marcados por el ascenso de las nuevas tecnologías y la emergencia de la inteligencia artificial.
El reto de este tiempo está definido en dos grandes dimensiones: atender los problemas presentes y reflexionar para definir las rutas y estrategias en términos prospectivos.
Y en todo ello, la Universidad Nacional del siglo XXI reconoce el legado de las universidades de España, ratificando un vínculo de casi cinco siglos. Hoy la UNAM desarrolla una intensa colaboración con prácticamente la totalidad de sus similares españolas y nuestros estudiantes y académicos viven un intercambio permanente a través de proyectos de docencia, investigación y difusión. Nos sustenta una larga historia común y estamos preparados para iniciar juntos el camino hacia el futuro.
Muchas gracias.
*Coordinador del Consejo Académico
del Área de las Humanidades y de las Artes.


