lunes, enero 17, 2022

UNAM: la matriz universitaria del soberonismo

Hugo Casanova Cardiel

Si se deseara situar el origen del marco institucional de la Universidad Nacional de hoy, habría que remitirse al rectorado de Guillermo Soberón Acevedo (1973-80). La década de los 70 dio cabida a una combinación de hechos que pondrían a prueba su historia y presencia social. No obstante, la intrincada problemática de ese periodo daría paso a una suerte de matriz universitaria que renovaba su institucionalidad. Todo ello de ninguna manera representa la apología de una gestión de claroscuros, sino una interpretación que pone de manifiesto el fuerte influjo del soberonismo en las grandes definiciones universitarias.

Apenas 15 meses después de haber tomado posesión, bajo la presión del gobierno echeverrista y en medio de fuertes problemas internos, el rector González Casanova se había visto obligado a renunciar. El problema no estaba circunscrito a la UNAM, pues el ambiente nacional no presagiaba paz alguna. Los saldos del 68 y la represión del 71, indicaban ya un mal punto de partida que encontraba ecos en universidades como las de Puebla, Nuevo León y Sinaloa. Aunado a lo anterior surgían focos de resistencia social que, nutridos del ideario revolucionario de la época, devendrían en movimientos de gran beligerancia. Fue el caso extremo de la Liga Comunista 23 de septiembre, la cual, además de llevar a cabo acciones armadas contra militares y policías, alcanzaría uno de sus puntos límites en la ejecución del empresario neoleonés Eugenio Garza Sada. La liga, debe recordarse, se nutría de jóvenes –mayormente estudiantes– que, desde la clandestinidad, habían asumido formas radicales de lucha que serían perseguidas por el gobierno, según diversos análisis, bajo la modalidad de guerra sucia.

Dentro de la UNAM la situación distaba de ser pacífica. El nuevo rector, surgido del ámbito científico, iniciaba su encargo bajo un escenario incierto. La institución vivía una singular combinación de demandas progresistas, académicas y laborales con reclamos violentos y delincuenciales que alcanzarían sus puntos más radicales en el intento de secuestro del propio doctor Soberón, en el dramático secuestro de su hija mayor –perpetrado por la liga– e incluso con asesinatos en el campus y metralla ante la torre de la rectoría.

Las respuestas del doctor Soberón serían contundentes y darían lugar a la generalización del calificativo de autoritario hacia el rector. “Yo había sido identificado plenamente, en algunos círculos de la universidad como ‘duro’ aun cuando estaba dispuesto a negociar, más no lo innegociable; legalista pero resuelto al diálogo, aunque no a la concesión al margen de la legalidad…” (G. Soberón, El médico, el rector, México, FCE, 2015). De tal modo –en el explícito marco de recuperación de la estabilidad institucional– Soberón no dudaría en llamar a las fuerzas del orden para contener, en 1973, a presuntos delincuentes y, en 1977, para recuperar las instalaciones universitarias de manos de los trabajadores académicos y administrativos. No podría ignorarse en este punto que, entre los maestros entonces perseguidos, se incluían personalidades que habrían de participar, años más tarde, en la creación de entidades tan relevantes como el primer Instituto Nacional Electoral.

Durante su doble gestión, Soberón impulsó la redefinición de todos los ángulos de la institución –político, administrativo, laboral y académico– y sus efectos no solamente modificaron la praxis durante esos años, sino que definieron sus grandes líneas para las décadas siguientes. Asimismo, en su gestión se consolidó una forma de hacer política universitaria y, en torno a ella, se conformó un grupo con una influencia tal, que lograría extenderse hasta nuestros días.

Las contribuciones académicas del doctor Soberón fueron múltiples: fortaleció la docencia universitaria a través de la implementación de los proyectos insignia de la gestión anterior, el Colegio de Ciencias y Humanidades, el Sistema de Universidad Abierta y el programa de descentralización que incluía las escuelas nacionales de Estudios Profesionales. También impulsó la investigación mediante la creación de infraestructura y el fortalecimiento o creación de diversas entidades científicas y humanísticas, incluido el centro precursor del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación. Asimismo, dio un gran aliento a la cultura mediante la creación del Centro Cultural Universitario y la construcción de salas de concierto, teatro, danza y cine.

Durante la gestión del rector Soberón, la UNAM vivió una sólida relación con los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo. Al respecto no podría olvidarse la presencia en 1975 de Echeverría en la Facultad de Medicina y quien, ante unos jóvenes que lo increpaban desde la galería, les llamaba fascistas y manipulados por la CIA. El presidente saldría entre empujones y con una herida en la frente causada por una certera pedrada. No obstante, debe consignarse que en ambos sexenios se lograrían importantes apoyos financieros y que la institución mantendría una alta sintonía con el gobierno federal apoyando la creación de entidades tales como el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, la Universidad Autónoma Metropolitana y el Colegio de Bachilleres.

Pese a que en los 70 la UNAM enfrentó graves riesgos, hoy es posible señalar que la expansión entonces lograda –entre 1970 y 1980 pasó de alrededor de 100 mil a casi 300 mil estudiantes– la institución abrió sus puertas a miles de jóvenes de los más diversos perfiles sociales. Asimismo, a través del trabajo y la movilización de sus académicos, estudiantes y trabajadores, la UNAM reiteraba su inequívoco compromiso ante el incipiente proceso de democratización nacional.

* Investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM

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