Hugo Casanova Cardiel
Las universidades son instituciones sociales de una gran complejidad. Por eso, los juicios uniformizantes y contundentes acerca de dichas instituciones suelen carecer de precisión o estar simplemente errados. No es pertinente, ni acertado, calificar de manera alegre a una institución universitaria, pero también resulta igualmente incorrecto descalificarla de un plumazo.
La problemática vivida en la UNAM a partir de su examen de selección ha dado lugar a infinidad de intervenciones, oscilantes en su mayoría, entre una cerrada apología de la institución o de actores provenientes de los más contrastantes espacios –mayormente periodísticos y políticos– que se valen de la situación para desahogar sus rencores e inquinas. Así, mientras para algunos la Universidad Nacional es el espacio natural de las izquierdas –incluida la hoy hegemónica–, para otros es un mero reducto de la derecha. Ni una ni otra: en la UNAM, de manera histórica, han cabido todas las expresiones del pensamiento.
Dice Burton Clark, sociólogo estadunidense, que las instituciones universitarias tienen como uno de sus rasgos principales la heterogeneidad y la diversidad. Ello implica que muy difícilmente pueden encontrarse rasgos constantes y uniformes en sus procesos, estructuras y ámbitos específicos. Y todo ello aplica para la Universidad Nacional y por supuesto para todas las universidades públicas y privadas de México, incluyendo las de nueva creación impulsadas por el gobierno federal y de la ciudad.
En el caso de la UNAM y, de manera concreta, en sus facultades, escuelas, institutos y centros, es posible encontrar espacios de gran solidez académica en docencia e investigación, y un gran número de sus egresados se desenvuelven con solvencia en las más prestigiadas instituciones universitarias del mundo; otros de ellos se desempeñan en ámbitos laborales con eficiencia y otros más se aventuran en el mundo empresarial generando empleos para la sociedad mexicana. Los productos de investigación son difundidos por medio de revistas especializadas y discusiones expertas, contribuyendo al conocimiento internacional y atendiendo los grandes problemas de la nación. Asimismo, sus labores de difusión y extensión tienen una innegable presencia social.
De manera simultánea, existen ámbitos universitarios que no han alcanzado una condición uniforme de logro proporcional al tamaño y peso relativo de la institución. En la docencia es posible reconocer que existen problemas estructurales: los estudiantes arriban con una formación heterogénea y en algunos casos insuficiente, los procesos de selección no han logrado trascender las enormes desigualdades sociales y han mostrado que deben ser repensados, la formación de sus profesores tampoco es uniforme y no responde en todos los casos a criterios de exigencia académica.
Asimismo, sus procesos de investigación científica y humanística demandan de criterios homogéneos de exigencia y valoración, de interactuar de una manera más intensa entre los diversos campos de conocimiento y de vincularse de una manera efectiva con la docencia y con la formación de nuevos investigadores. Finalmente, en ese amplio escenario, los múltiples retos tecnológicos exigen criterios de adaptación y pertinencia.
A nivel institucional también se perciben grandes logros y, a la vez, importantes zonas de mejora. La gestión de una comunidad de casi 500 mil personas es una prueba de la solvencia de un cuerpo directivo que tiene –en su abrumadora mayoría– una trayectoria académica de gran exigencia con grados y reconocimientos en la propia UNAM y en otras instituciones. En ese mismo nivel, es posible percibir el agotamiento de formas y estructuras que no responden ni a los tiempos ni a las dimensiones de una institución definida hace varias décadas. La problemática surgida en el reciente proceso de selección es una prueba de sus temas críticos y es muy probable que las recomendaciones de los especialistas se orienten, entre otros temas, a la reorientación del modelo de selección, tanto en el contenido interno de las pruebas como en la incorporación de otros criterios de orden cualitativo.
Ni qué decir de las contribuciones de la Universidad Nacional a la configuración política de la nación: la formación de cuadros para la vida política, así como la influencia de los universitarios por medio de sus movimientos y expresiones sociales, resultan factores innegables. Al mismo tiempo, la Universidad Nacional ha resentido el influjo de la polarización ideológica nacional y no son pocas las ocasiones en que pensamientos y acciones descalificadoras buscan pasar por encima del razonamiento.
Por todo ello resulta un significativo error de apreciación y un injusto tratamiento a la centenaria institución calificarla de un plumazo con un simple bueno o malo. Las universidades modernas, dicen los especialistas, son instituciones complejas donde caben muchas tonalidades entre el blanco y el negro. Pensemos a la Universidad Nacional desde esta lógica y probablemente nuestros análisis ganen en precisión y seriedad.


