lunes, julio 4, 2022

Quedas pendiente, corazón

09.03.2021

Quedas pendiente, corazón”, fue la frase con la cual el presidente Andrés Manuel López Obrador cerró la mañanera dedicada al Día de la Mujer, este lunes. Se dirigía a una reportera que deseaba preguntar tras una larga exposición del mandatario sobre su compromiso con la igualdad de género. Nunca se dio cuenta de que su frase final contradecía en buena medida todo lo que acababa de decir. Y justamente ese parecería ser el quid de la cuestión, el Presidente no entiende que no entiende el fondo del problema.  

Decirle “corazón” a una reportera parecería un dato menor, pero no lo es. Por supuesto que es tan solo una expresión, pero una expresión que expresa todo. Este reclamo seguramente le parecerá absurdo al Presidente; “¿cómo me dicen que es un insulto cuando se trata de todo lo contrario, una expresión cariñosa y sin ningún afán de cortejo o insinuación”, podría él objetar. Y en efecto, parecería un reclamo excesivo y puntilloso; no lo es. Su frase revela un paternalismo cariñoso e íntimo que no utilizaría con un hombre, pero sí con un niño o una anciana de un estrato desfavorecido, es decir, con alguien que no está a la par y cuya debilidad o limitación justifica un trato condescendiente.

Todos crecimos en un medio ambiente familiar y en un contexto sociocultural construido desde una perspectiva patriarcal, en el que de una u otra manera se asumía como un hecho natural la debilidad de la mujer. En su peor versión, para convertirla en objeto de abuso indiscriminado y violencia; en una versión más amable, en un ser que tenía que ser protegido por padre y marido, por considerársele más vulnerable y dependiente que los hijos y hermanos varones. El contexto en que AMLO utiliza la expresión no sexualiza a la mujer, como sí lo habría hecho si procediera de Félix Salgado Macedonio, pero en boca del Presidente y dirigido a una profesional de la información, termina “infantilizándola”.

Es sintomático que el Presidente haya recurrido al apelativo (corazón) justo cuando se encontraba en modo “soy respetuoso de las mujeres”. Después de todo, no es un término que utilice con frecuencia; lo hizo en septiembre de 2018 en calidad de presidente electo al salir de las oficinas de Morena, en la Colonia Roma, cuando varias reporteras lo cuestionaron por la candidatura de Manuel Velasco a la gubernatura de Chiapas. “No voy a hablar de eso, corazoncitos”, respondió. Cuestionado al respecto, poco después afirmó que la expresión obedecía al cariño que le tenía a todas las mujeres y en general al prójimo.

Es desde esta perspectiva que el Presidente enfoca su actitud hacia las mujeres, y en ese sentido su desempeño es congruente con esta convicción. Está orgulloso de que buena parte de los programas sociales de su gobierno privilegian a las madres de familia. Y si bien ha reconocido que las mujeres son doblemente víctimas porque llevan la peor parte en situaciones de pobreza, no puede entender que la igualdad de las mujeres no se reduce a un tema de injusticia y clase social. AMLO está convencido de que al mejorar la condición social de los que viven en la miseria, en la que ellas llevan la peor parte, está haciendo lo más útil a favor de la causa de las mujeres. Pero no entiende que la violencia intrafamiliar, los feminicidios y el arraigado abuso se alimentan de esa concepción que implícitamente las subestima. Las tradiciones familiares que él tiene en tan alto aprecio forman parte de un orden social que reproduce la injusticia en temas de género.

Habría que insistir en que más allá de esta incomprensión del fondo del problema, por lo demás muy extendida en hombres de su generación, no había nada en la agenda política y social de la 4T en contra de las mujeres que justificase que el Presidente se convirtiera en el destinatario casi único del repudio de tantas de ellas. Pero su reiterado apoyo a Salgado Macedonio, político acusado de violaciones y abusos, y su recelo al movimiento feminista desde hace un año generaron un abismo que ahora parece insondable.

¿Hay provocadores dentro del movimiento que intentan sacar ventaja política? Desde luego. ¿Conservadores súbitamente convertidos en feministas por mero oportunismo? Están a la vista. Pero la insistencia del Presidente en referirse al movimiento a partir de esos ángulos ha sido interpretada como un desdén a las legítimas causas que originan esta reivindicación y como un intento de distorsionar su esencia.

Lo peor de todo esto es que se trata de un problema en el que el Presidente se metió por su propia iniciativa. Arrancó con sus desdeñosos comentarios hace un año a propósito de la convocatoria a un día sin mujeres, algo absolutamente innecesario. Parecería que en su ánimo toda movilización que responda a otra cosa que no sea la lucha por los pobres constituye una distracción o una competencia a su propia gesta. De allí una irritación que, de otra manera, parece inexplicable.

Al terminar este texto desconozco el balance de la marcha de mujeres al Zócalo y su confrontación con la ominosa valla. Pero mientras López Obrador no haga un esfuerzo por entender las razones de la legítima rabia de tantas mujeres agraviadas, me temo que la fisura terminará profundizándose. Para los que hemos coincidido con las banderas que él asegura defender, constituye un motivo de tristeza y desilusión que el dolor de tantas mujeres no quepa en su cuarta transformación.

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@jorgezepedap

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