Lobo Plateado
La anunciada renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral abre una crisis que no puede resolverse con un simple cambio de funcionario. Los señalamientos sobre presuntas irregularidades en contrataciones y posibles conflictos de interés colocan bajo cuestionamiento la administración de una institución que exige legalidad y transparencia a todos los partidos políticos.
Resulta inadmisible que el organismo encargado de vigilar el cumplimiento de las reglas electorales enfrente dudas sobre la forma en que administra sus propios recursos. Las investigaciones periodísticas han señalado contratos millonarios y posibles vínculos entre proveedores y personas cercanas a su entorno. Son acusaciones que deben comprobarse, pero que requieren una revisión exhaustiva, independiente y pública.
Taddei podrá argumentar que su salida busca proteger la credibilidad institucional. Sin embargo, la confianza en el INE no se recupera mediante renuncias, comunicados o discursos de despedida, sino esclareciendo cada contrato cuestionado y determinando responsabilidades.
El problema adquiere mayor gravedad ante las elecciones de 2027. Un árbitro electoral necesita independencia frente al gobierno y los partidos, pero también controles internos capaces de impedir favoritismos, conflictos de interés y el uso indebido de recursos públicos.
La Auditoría Superior de la Federación y las autoridades competentes deben esclarecer los hechos sin protección política ni condenas anticipadas. Si las irregularidades se acreditan, deberán imponerse las sanciones correspondientes. Si no se acreditan, también debe informarse con claridad.
Porque el INE no puede exigir cuentas limpias a los partidos mientras deja sin aclarar las dudas sobre sus propias contrataciones. Y Taddei debe entender algo fundamental: abandonar la presidencia no extingue ninguna responsabilidad administrativa, política o legal que pudiera demostrarse.
La silla puede quedar vacía. Las cuentas, no.

